Al cierre de esta edición, el planeta parece sacudir su somnolencia y estallar en un devastador grito natural. Con tan solo unas horas de separación, el fuego de sus entrañas salió a la luz desde el sur de Chile y su piel sacudió montañas y valles en Nepal.
Ubicado en el sur chileno y con una altitud de 2,015 metros, el volcán Calbuco entró en erupción tras 42 años de inactividad. Las cenizas y el humo desprendidos de sus entrañas alcanzaron los 15 km de altura; poco después, una dantesca nube de cenizas comenzó a desplazarse hacia el este, llegando incluso a Buenos Aires, Uruguay y el sur de Brasil. Las imágenes muestran la aterradora belleza de sus incandescentes despojos, las caprichosas formas de las nubes teñidas de colores rojizos por los rayos del sol, la capa gris que cubre buena parte del planeta vista desde la estación espacial internacional. El gobierno chileno declaró el alerta roja en las zonas aledañas y unas 4500 personas fueron evacuadas.
Del otro lado del Pacífico, un terremoto de 7,9 grados en la escala de Richter sacudió Nepal. El epicentro fue al noroeste de la ciudad capital Katmandú, y al cierre de esta edición se reportaban cerca de 4000 muertos. La magnitud de este terremoto fue tal que causó víctimas y daños en comunidades del norte de India y el sur de China. Ninguna bella imagen llega desde allí; solo escombros, muerte y desolación.
Es interesante pensar que el mismo planeta que nos cobija, que nos llena el corazón con majestuosas montañas nevadas y tropicales playas de ensueño, templados bosques y océanos en donde la vida bulle interminable, es capaz de temblar, explotar y sacudirse de tal manera. Mientras que algunos caminan pacíficamente por los bordes de un lago o se sientan en una roca a observar la puesta del sol por detrás de una colina, otros se arrastran entre el polvo o perecen bajo las piedras y el metal.
La naturaleza nos recuerda permanentemente que una tranquila mañana de sol, mate en mano y acariciando al gato, es un milagro que cada día deberíamos celebrar. ¤