“¿Hay alguna duda de que existen diferencias políticas?” Una pregunta que usualmente lleva cierta carga de ironía, porque quien la formula da a entender que la respuesta es indudable y parece implícita para todos. En este caso, se refiere no a las diferencias entre la derecha y la izquierda, entre oriente y occidente, entre oficialismo y oposición… sino dentro del mismo gobierno. Y no la formulamos nosotros, sino la mismísima vocera presidencial, Gabriela Cerruti.
Y no, no hay ninguna duda de que el gobierno está partido. Las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional resultaron ser nomás el desenlace de la ruptura de un matrimonio por conveniencia que venía durmiendo en camas separadas desde hace rato.
En un sistema tan profundamente presidencialista como el argentino, se ha vuelto una tradición que el candidato a presidente de cualquier partido con posibilidades de llegar al poder elija siempre un compañero de fórmula débil, apenas pintadito. Alguien que aporte unos cuantos votos y/o el balance necesario para que la fórmula no resulte tan extrema hacia un lado u otro del espectro ideológico. En la salvaje jungla de la política argentina, el líder se quiere asegurar de que su segundo sea alguien sin demasiada fuerza propia como para dar un zarpazo en algún momento de debilidad para ocupar su lugar. Con esa lógica, Néstor Kirchner en el 2003 llevó como vice al siempre dócil Daniel Scioli; en el 2007 su esposa Cristina Fernández a Julio Cobos y luego a su perrito fiel y vecino de Puerto Madero, Amado Boudou; en el 2015, Mauricio Macri sumó a una reacia Gabriela Michetti, quien había intentado competir para jefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, pero debió aceptar sumarse a la fórmula del PRO luego de ser derrotada en la interna frente al actual jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta.
El caso actual, sin embargo, es un tanto atípico, ya que fue la vicepresidenta quien eligió a su compañero de fórmula; es decir, la segunda eligió al primero, revirtiendo una lógica de la que se conocen muy pocos casos, si alguno, a nivel mundial. Alberto Fernández aportaría una cuota de moderación a una Cristina Kirchner considerada por muchos como muy extremista en su populismo latin-style. El colapso era solo cuestión de tiempo.
La pareja del ejecutivo viene a los tumbos desde hace rato, pero no fue sino hasta los pasados días que los mismos actores de la telenovela comenzaron a reprocharse traiciones cual hermanos Pimpinela. Días atrás, tal vez como contraataque frente a las declaraciones de la vocera presidencial, un numeroso grupo de personajes de la cultura identificados con el kirchnerismo lanzaron un comunicado en el que cuestionan la supuesta moderación del presidente, y en el que expresan que “La política gubernamental ha llegado a su punto más trágico: la preparación de escenarios de anuncios donde no se realizan anuncios. Es la práctica fallida de anticipar políticas que no se concretan: el mismo gobierno genera las expectativas y la defraudación de las expectativas. Es el instante cruel donde la moderación se transforma en impotencia. Deciden bajarle la intensidad a la política y, como efecto no deseado, suprimen a la política. Proponen ir despacio pero terminan inmóviles. Pretenden hablar suave pero se vuelven inaudibles. Todo lo que se presenta moderado termina siendo débil y sin capacidad transformadora. Es necesario recordarlo: los gobiernos no se evalúan por sus intenciones, sino por sus eficacias”. Palazo para Alberto y la poca tropa propia que aún le queda.
Cristina ya había dado su propio mini golpe de estado al obligar a todos sus soldados en el gobierno a presentar la renuncia luego de perder las elecciones legislativas de medio término y dando a publicidad una carta en la que expresaba su descontento con el andar del gobierno, como si todo estuviera fuera de sus manos. Hoy en día, y frente al marcado fracaso de las políticas oficiales y el consiguiente descontento popular, la estrategia es despegarse del presidente para no terminar todos hundidos en una paliza electoral que significaría el certificado de defunción del kirchnerismo.
Alberto Fernández, por lo pronto, sabe que su poder es sumamente limitado, y que si quiere terminar su mandato de una manera distinta a la de Fernando de la Rúa en el 2001, debe sacar pecho puertas afuera, y bajar la cabeza hacia adentro. Y sobre todo, tejer una coalición política lo suficientemente sólida como para que le sirva de colchón en caso de un tropiezo mayor, porque está claro que desde el lado de su compañera de fórmula no va a encontrar más que un piso duro y frío.
Si algo le faltaba a esta Argentina tan sufrida de estos días, es una crisis de gobierno en la que los gatos de la bolsa comienzan a arañarse entre sí. ¤