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Jerigonza judicial en “Un crimen perfecto en el pueblo de los infieles”

PuebloLa noche del 11 de diciembre de 2007 la Agencia Noticias Argentinas emitió un cable informativo a todos los medios de la Argentina que provocó un verdadero terremoto periodístico, tanto en el país como en el extranjero. Como su encabezado era bastante común: “Crimen pasional: Absolvieron a un hombre acusado de matar a un vecino que era amante de su esposa”, al principio nadie pudo prever que su contenido se convertiría en noticia de primera plana de diarios, radios, televisión e Internet, y seguiría siendo comentado hasta la actualidad. Fundamentalmente porque los señores Jueces del Tribunal en lo Criminal Nº 3 del Departamento Judicial Mercedes, Dres. Alejandro Caride, Eduardo D. Costía y Ricardo J. Marfía afirmaron en su veredicto de un juicio oral que el asesinato con alevosía cometido el 9 de marzo de 2005 en la minúscula localidad de Dennehy, provincia de Buenos Aires, permitió comprobar que en ese poblado habitaban, parafraseando a la tragedia de Shakespeare, varios celosos “Otelos”, varias infieles “Desdémonas” y varios amantes “Yagos…”.
Las frases que desataron la fiebre en las redacciones periodísticas fueron dos de altísimo contenido sexual: “En definitiva, de todo lo adunado a este debate sí se pudo saber que la Planta urbana de Dennehy era un campo propicio para las ‘francachelas’ sexuales”…” y “ …la Planta Urbana de Dennehy, Partido  bonaerense de Nueve de Julio, para muchos de sus habitantes era como un mitológico bosque griego en el que varios ‘faunos’ y varias ‘ninfas’ rurales concretaban clandestina u ostensiblemente sus encuentros amorosos- algunos fugaces y otros, más duraderos”.
A partir de ese día, Dennehy fue conocido popularmente como el “pueblo de las francachelas sexuales” o más sencillamente como “el pueblo de los infieles”. Y ese fue el origen de cientos de miles de citas en Internet.
Inspirado en Truman Capote, este periodista juntó a dos colegas (Jorge Garber y Luciano Chimento) y se dedicaron los últimos cinco años a investigar el crimen de Ángel Palacios y el contexto sexual imperante en la localidad de Dennehy con el fin escribir una novela policial que relatara lo que sucedió. La obra está a punto de ser finalizada, después de varias visitas al lugar (que se encuentra a solo 250 km de la ciudad de Buenos Aires), entrevistar a decenas de personas (casi todas a escondidas y en secreto) y analizar el expediente judicial de más de 1.200 fojas.

En estos momentos, los tres coincidimos en que mas allá de toda duda se cometió un crimen perfecto (porque nunca se encontró al asesino) en el pueblo de los infieles (de verdad los jueces no se equivocaron en sus descripciones sexuales).

Increíblemente, la mayor dificultad de la investigación surgió al momento de analizar en detalle la famosa sentencia del Tribunal Oral Criminal Nro. 3 de Mercedes, porque para los tres periodistas resultó bastante difícil comprender los términos en que se expresaron los magistrados, dado que utilizaron un lenguaje demasiado barroco y críptico, de difícil comprensión para el común de los mortales.  Lo más kafkiano del asunto es que esa sentencia estaba destinada al único inculpado del crimen: Clemente Oscar Villegas, un peón del campo de 32 años, apenas instruido, quien estaba aterrorizado porque en ese lugar y momento se definía el resto de toda su vida, puesto que el fiscal había solicitado que fuera condenado a prisión perpetua. Nadie sería capaz de imaginar lo que debe haber sufrido ese pobre hombre al escuchar algo tan confuso como: “recibió la mortal agresión interdicto de ejercer resistencia alguna”, “permitir enmarcar los sendos posicionamientos físicos”, “viabiliza establecer”, “y en la -constreñidamente- sumisa y prosternada postura descripta” o “todo lo adunado a este debate”.  Sin olvidar otras particularmente curiosas como: “Complementan el cuadro evidencial, acreditante de la materialidad extrínseca del “factum”, piezas que acopiadas durante la investigación preliminar así como durante la etapa intermedia, se incorporaron…”
Al investigar sobre el uso de palabras rebuscadas y complejas, los tres autores se encontraron con algunas anécdotas sumamente interesantes. Por ejemplo, que Jorge Luis Borges propuso desterrar de la memoria universal al inventor de la palabra conmilitón. O que cuando le preguntaron a Abraham Lincoln cómo había adquirido su extraordinaria facultad de dar discursos precisos y comprensibles, el honesto Abe respondió que en su niñez se enojaba mucho cuando alguien le hablaba de un modo confuso, que él no entendiera. De hecho, era una de las cosas que más lo irritaba, tanto, que no podía dormir hasta encontrar el significado exacto de las frases oscuras que había oído durante el día y después no paraba hasta poder traducirlas a un lenguaje tan claro que cualquier persona pudiera entenderla. Eso sucedió a mediados del siglo XIX. Pero un siglo antes, en Inglaterra, Jonathan Swift, en su obra “Los viajes de Gulliver” ya afirmaba que los jueces y abogados utilizaban una jerigonza tan particular que ninguno del resto de los mortales podía entender. Según el diccionario de la Real Academia Española, la palabra jerigonza significa: “Lenguaje especial de algunos gremios” y también “Lenguaje de mal gusto, complicado y difícil de entender”.
Cuántas noches de insomnio habría pasado el decimosexto presidente de los Estados Unidos al leer o escuchar frases tan exquisitas como estas, que fueron extraídas de la sentencia mencionada:

“…siguiendo el indispensable cartabón de la sana crítica racional– con las probanzas incorporadas en forma directa, entiendo estamos en las antípodas de poder afirmar con la certidumbre que, en grado de apodíctica, se requiere en este estadio del proceso que el señor Clemente Oscar Villegas fue el autor del vil ajusticiamiento de Ángel Enrique Palacios”.
“…desterrar de un mandoble aquellos “virus” pseudoinstructorios que, carcomiendo las garantías constitucionales de víctimas e imputados, den pie y refuercen el discurso deslegitimador de esa Potestad estatal, a la que adhieren tanto la llamada Criminología Crítica como el Abolicionismo sin más”


Probablemente lo único que entendió, y a medias, Clemente Villegas fue el final de la sentencia. Porque ahí los jueces se dignaron a utilizar, al menos, algunas palabras del español coloquial: “Propongo que se dicte veredicto absolutorio respecto de Clemente Oscar Villegas, en orden al delito de homicidio agravado por su comisión con alevosía que fue materia de acusación, con relevamiento de costas”.
Como reflexión final habría que agradecerles a esos tres magistrados por recordarnos que el español es una lengua altamente compleja, con muchos matices y enormes posibilidades expresivas. Según un informe digno de crédito, se estima que en la década del '80 el vocabulario de los jóvenes argentinos estaba compuesto por 1000 palabras y actualmente apenas llega a las 250/300. Lo peor es que todo indica que continuará la merma por el uso de las nuevas tecnologías. Por eso, tanto educadores como padres deberían exigir que los jóvenes todos los días dedicaran dos o tres horas a leer sentencias judiciales para enriquecer su vocabulario.
Ni más ni menos que “jerigonza” para todos… y todas. ¤

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