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Editorial • Marzo 2013

El 152, impecable de pintura y tapizado, sale de La Boca unos segundos después de las 8 de la mañana; ya antes de llegar a la Calle Brasil –la parada está frente a la fuente del Parque Lezama, en San Telmo- antes  de llegar ahí, decíamos, está casi lleno.
Para llegar a Retiro, en donde encara hacia Barrio Norte, le queda recorrer todo Paseo Colón, pasar por delante de la Facultad de Ingeniería, la Plaza General Justo desde donde se ve el majestuoso edificio de la Aduana, uno de los más bellos de la ciudad, y cruzar por detrás de la Casa Rosada dando vueltas a la renovada Plaza Colón a través de una semicircular Avenida La Rábida sur que en un espacio indeterminado, solo unos metros más adelante, ya se transforma en Avenida La Rábida norte, para perder definitivamente su nombre, solo unos metros más adelante, a manos de la avenida Leandro N. Alem.
   El 152, cual bólido azul, la recorre de punta a punta en un espacio de 17 segundos... y tarda tanto porque hay tráfico. A través de los árboles y los canteros floridos asoma imponente la parte trasera de la casa de gobierno. Tal vez ahora mismo se esté planeando en alguno de sus salones los próximos pasos a seguir con respecto a la relación bilateral con los Estados Unidos, la solución al conflicto docente que amenaza con no iniciar a tiempo las clases, el trazado de una nueva estrategia macroeconómica o el estado de la causa de corrupción que involucra al vicepresidente. Quién sabe. Lo cierto es que cada una de esas posibilidades puede potencialmente cambiar el rumbo del país y afectar a millones de argentinos. Sin embargo, esta mañana nada parece tan trascendente y lleno de misterio como esta avenida La Rábida que ha presenciado desde el patio trasero muchos de los más paradigmáticos hitos de la historia argentina.
   Su nombre, ya de por sí, está cargado de misterio. Averiguando un poco por ahí encontramos que el término "La Rábida" deriva del árabe "Ribat" y significa “guarnición defendida por monjes guerreros”. Dilucidado tal misterio, nos queda ahora por saber a quién se le habrá ocurrido ponerle nombre a una calle que se extiende por un tramo tan corto... ¡y encima dividirla entre “norte” y “sur”!
Y así, como La rábida, es de efímera la actualidad argentina. Un tema se come a otro y el anterior queda en el olvido para ser reflotado, en el mejor de los casos, en algún futuro aniversario. Nos proponíamos comentar en esta editorial los avances en la investigación en la llamada Causa Boudou, noticia que fue tapada por el tan cuestionado acuerdo del gobierno argentino con su par iraní para llevar adelante la investigación por la causa AMIA, que en los medios argentinos le hizo lugar a las marchas por el primer aniversario de la Tragedia de Once, que perdió la tapa de los diarios luego de que el hijo de un conocido periodista atropellara a un ciclista en una autopista, caso condenado al olvido unas horas después a raíz de la mala campaña de Boca en el campeonato de fútbol argentino.
Por eso nos decidimos a comentar el “caso La Rábida” como símbolo, al igual que lo fueron los perros huskies el mes pasado, de la velocidad a la que pasan las noticias –y los colectivos- en Argentina. En este caso, sin embargo, a pesar de la fugacidad con la que es recorrida por el 152 a las 8:20 de la mañana, sabemos que la noble avenida seguirá estando allí, día tras día, año tras año, con la notable particularidad que acabamos de puntualizar.
Y para ser rigurosos con el tema, debemos agregar que la calle más corta de la ciudad es Emilio Pettoruti, que une en Recoleta las avenidas Del Libertador y Figueroa Alcorta, allí por donde se erige el Palais de Glace. Pero esto es tema para otra editorial. ¤

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¿Cómo debería responder Estados Unidos a los ensayos nucleares de Corea del Norte?
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Tapa # 211

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Perfiles Nuestra Gente

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Recetas

  • Mini Pascualina (Otros usos para las tapas de empanadas)

    Mini Pascualina

    Ingredientes

    2 docenas de tapas de empanadas

    Relleno: 3 paquetes de acelga bien lavada; aceite de maíz o girasol, c/n; 2 cebollas picadas; 1 morrón rojo picado; 300 g. de ricota; 3 huevos batidos; sal y pimienta negra, c/n; 1 pizca de nuez moscada; 2 cdas. de queso rallado; huevo batido para pintar

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  • Pastafrola

    Pastafrola

    Ingredientes:
    Para la masa:
    • 150g. de manteca a temperatura ambiente
    • 150g. de azúcar
    • 2 huevos
    • 300g. de harina
    • 1 cucharadita de polvo de hornear (Levadura en polvo, 1 sobre) Leer más...

Leyendas

  • LA LEYENDA: El yaguareté y el grillo

    Dibujos: Angelo CalameraUn día en el que Don Yaguareté andaba aburrido, salió a dar un paseo por el campo. Iba muy entretenido mirando hacia todos lados y admirando el paisaje, cuando de repente sintió bajo su pata derecha algo blando; miró con bastante enojo que lo que había pisado era la deposición de una vaca. Pero su asombro llegó a lo máximo cuando de entre esa masa informe se escuchaba una vocecita pequeña, que enojada le gritaba al felino:
    ¿Por qué no miras por donde pisas, no ves que has destruido mi casa?

    Don Yaguareté debió abrir muy grande sus ojos, por el asombro y para poder distinguir que quien así gritaba era nada menos que un grillo. Al darse cuenta, comenzó a mirarlo con sorna. El grillo seguía con su reclamo:
    -Decime ¿por qué has destruido mi casa? No te hagás el tonto y como que no me ves, aquí estoy junto a tus patas, y quiero que me hagas una casa porque esta ya no me sirve.
    -¿Cuál casa? -le respondió el felino, si sólo veo caca desparramada.
    -Seguís burlándote, era mi casa y vivía feliz hasta que metiste la pata. ¿De qué te sirven esos ojos que tienes, eh? Dame una explicación -le decía el grillo, mientras levantaba amenazadoramente sus dos patitas delanteras.
    -Mira qué miedo me das- dijo el yaguareté.
    -¿Y si no quiero?
    -Te vas a arrepentir- espetó el grillo.
    -¿Yo? Bueno, bueno, quedate tranquilo. Te propongo una lucha: vos juntás a tu gente y yo a la mía. Si yo gano no te hago nada. Si vos ganás, te haré la casa a tu gusto.
    -Es lo justo -dijo el grillo. A las dos de la tarde nos encontramos bajo el ombú, allí estaré con los míos.
    El yaguareté convocó a sus mejores amigos: zorras, lobos, pumas y hasta jabalíes. Cuando se acercaba la hora, le pidió a la zorra que vaya a ver si ya estaban sus contrincantes. Efectivamente, allí estaban, avispas, abejas, mosquitos, bichos quemadores y otros insectos que decidieron apoyar al grillo.
    -¿Como se preparan? preguntó burlonamente la zorra. ¿Están preparados para la paliza?
    -Ja, ja... Sí, señora, estamos todos -dijo el grillo.
    -Para tus amigos insectos me basto yo sola, dijo la zorra dándole un manotazo al grupo de insectos, quienes al momento se le vinieron encima, picoteándola por todos lados. La zorra tiraba manotazos a diestra y siniestra, pero era peor, y enloquecida de dolor se tiró al arroyo cercano. Cuando pudo ver que sus enemigos se habían ido, se fue corriendo hasta donde estaba esperando el yaguareté.
    Dibujos: Angelo Calamera-¿Ya está el enemigo bajo el ombú?
    -Sí, contestó la zorra.
    -¿Y por qué venís tan mojada?
    -Porque... tuve calor y me bañé en el arroyo.
    -Muy bien, es la hora del encuentro, -dijo el yaguareté, pegando un alarido que quería decir ¡a la carga! Y salieron todas las fieras al ataque, quedándose la zorra atrás de todos.
    Cuando los dos bandos se encontraron bajo el ombú, la sorpresa de los amigos del yaguareté fue enorme. No hallaban la forma de sacarse a los insectos de encima, recibiendo picotazos y mordeduras en todo el cuerpo, incluso los ojos, que los enloquecía y ni siquiera podían escuchar a la zorra que les gritaba ¡al agua, al agua...!
    Al fin el yaguareté se dió por vencido y tuvo que hacerle la casa al grillo. Así aprendió que no hay enemigos pequeños, pues como dice Martín Fierro, "hasta el pelo más delgao, hace su sombra en el suelo".©

     
  • Leyenda: El Girasol

    girasol

    Pirayú era cacique de una tribu que vivía a orillas del río Paraná. Mandió era cacique de una tribu vecina. Pirayú y Mandió eran buenos amigos. De ahí que sus pueblos intercambiaban en paz artesanías y alimentos.

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