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AVIVI

Ayuda a Víctimas de Violación

Ayuda a Víctimas de Violación

La Argentina vive momentos oscuros. Los casos de femicidios, violaciones, abusos sexuales y trata con fines sexuales continúan incrementándose incesantemente. Por eso, cientos de miles de mujeres marcharon por todo el país bajo el lema “ni una menos” reclamando que acabe la violencia machista hacia ellas. El rol del estado ausente lo cubren ONGs que auxilian, apoyan y brindan contención a las víctimas.

 

En abril de 2001, Candela González (22) fue violada y golpeada en forma salvaje por un psicópata violador serial. Ante esto, su madre, María Elena Leuzzi (48), tuvo que enfrentarse imprevistamente a una realidad que desconocía, mientras la vida de su hija se aferraba a una cama de terapia intensiva. Hoy, quince años después, madre e hija ya asistieron a más de 10.300 víctimas que vivieron lo mismo. María Elena es la Presidenta de Ayuda a Víctimas de Violación (AVIVI), la única ONG del país que se ocupa de asistir a mujeres, hombres, niños y niñas que fueron violados. AVIVI comenzó a funcionar el 24 de junio de 2003, un día después de que un tribunal de San Isidro condenara a 28 años de cárcel —más la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado— a Javier Emilio Posadas (33), el hombre que violó salvajemente a Candela y a otras 14 mujeres más.
Ante la ola de agresiones que padecen miles de mujeres de todo el país, el abogado penalista Dr. Hugo López Carribero, biógrafo oficial de María Elena Leuzzi y de AVIVI, accedió a brindarnos en exclusiva, parte del diario personal de Candela González incluido en su libro. Este testimonio, contado en primera persona, fue parcialmente editado debido a su crudeza:

“El 10 de abril del 2001 fui a la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Aun tengo la mente vacía y no puedo recordar qué había hecho horas antes. Pensar en esa fecha, solo provoca a mi mente flashes del horror, “la pesadilla” como la suelo llamar.
No sabía que pocas horas después se derrumbaría mi vida.
Esa noche el profesor dijo: “cierren sus libros, por hoy terminamos”. Por eso salí más temprano de lo habitual. En Retiro tomé el tren hasta la estación de Virreyes, partido de San Fernando. Durante todo el viaje fui pensando en mis proyectos, en mis sueños. Porque cada vez que iba a la facultad volvía con enormes ganas de ser abogada. Como era más temprano de lo habitual, cuando llegué a la estación de Virreyes mi papá no estaba en la estación esperándome como lo hacía todas las noches. Tomé la decisión de cruzar enfrente de la estación para hablar por teléfono y preguntar a mi padre si tomaba un remise o lo esperaba. Cuando comencé a buscar monedas dentro de mi mochila para el teléfono, mi vida cambió.
Sentí un golpe en la cabeza, con un objeto muy duro, que me hizo caer. Ahí mi agresor me cubrió la cabeza con mi propia campera y luego me dio más golpes y me colocó un revolver en la boca del estómago. No me dio tiempo a pensar lo que estaba viviendo. Esos golpes en la cabeza me desestabilizaron por completo.
Me llevó a un coche, abrió la puerta y me tiró adentro. El automóvil ya estaba en marcha y lo único que tuvo que hacer fue arrancar. Mientras manejaba me golpeaba sin parar. Yo le pedía por favor que no me golpeara más. Y él me decía palabras feas: “p*”, “arrastrada”. “vos te lo buscaste”. Me hablaba muy rápido y siempre a los gritos… seguido de un golpe. Me decía una y otra vez en forma amenazante: “te voy a matar”. Me pasaba el revólver por todo el cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Como creí que se trataba de un robo empecé a ofrecerle mis libros, mis apuntes, el abono mensual de tren, las pocas monedas que tenía. “No quiero nada de eso”, me repetía una y otra vez mientras me golpeaba. “No entendés nada, hija de re mil p*. ¡Callate!”. Le ofrecí trabajar un mes y darle el sueldo entero. Pero cuando él me respondió dándome un terrible golpe en la cabeza, pensé: “de esta no salís, no volvés a casa”. Empecé a gritar sin parar ¡María Soledad(1), ayudame!, ¡Dios, cubrime con tu manto sagrado! Ante esto, él se transformó y comenzó a pegarme sin piedad. Cuando me empezó a atar las manos yo forcejeé dentro del auto y sentí que tenía todo el cuerpo mojado. Era la sangre que se desprendía de mis heridas en la cabeza. Luego me empezó a arrancar la camisa, el pantalón. Cuando empezó a sacarme mis prendas íntimas le dije con la poca fuerza que me quedaba, que no había tenido relaciones sexuales. Que era virgen. No le importó. Cuando comenzó a violarme sentí mucho dolor, era como si me estuviera cortando la carne.
Ya para este entonces mis gritos no tenían fuerza.
Fue ahí que me dijo: “¿Viste p*? Así es… y yo te enseñé”, “Y ahora vas a ver de nuevo”. En ese instante sentí más dolor que en el anterior, tan fuerte que no lo puedo plasmar en un papel. Porque me introdujo el revólver en la vagina y rompió toda mi uretra. Yo ya no podía gritar, no tenía fuerzas. En ese momento vi una luz negra y luego no sentí más dolor. Solo sentí paz y alivio. Una sensación extraña, inexplicable. Cuando volví en mí supliqué: ¡María Soledad, ayudame! Al escuchar esto, mi violador dijo “Ahora te voy a matar, a cortar en pedazos y te voy a prender fuego con el coche. Nadie, nunca, te va a encontrar”. Creo que a partir de ese momento amé la vida con todas las letras. Lo único que quería era volver a casa, ya no importaba en qué condiciones. Solo quería irme a mi casa.
Luego puso en marcha el coche y me gritó “P*... ¡no hagas la denuncia!, ¡no cuentes lo que te pasó!”. Agregando: “No te levantes de donde te voy a dejar. Yo voy a dar una vuelta manzana y si veo que te levantaste, ¡te mato! Y voy a cumplir con lo que te dije. ¿Entendés?” Y me arrojó del auto en marcha. Caí sobre el asfalto y con todo el dolor que sentía, desnuda, me quedé quieta. Cuando escuché el ruido del motor alejándose me arrastré como pude, porque no tenía fuerzas para levantarme. Me arrastraba, con mucho esfuerzo, con mi mochila en la mano. A mitad de cuadra, cuando pude levantarme, vi que tenía todo el cuerpo cubierto de sangre, con tierra y pasto. Miré a mi alrededor con los ojos tan llenos de sangre que solo alcancé a ver una calle larga y oscura. Empecé a tocar timbres para que alguien me ayudara. Pero nadie me abría la puerta. Tocaba un timbre, luego otro y otro. Y así lo fui haciendo hasta la mitad de la cuadra. Pero nadie me abría la puerta. Hasta que al fin un hombre se compadeció de mí y salió para ayudarme.
Lo único que alcancé a decirle fue “señor, por favor ¡ayúdeme!, ¡Me violaron! Y ahí me desplomé”.


(1) María Soledad Morales (17 años) fue violada y asesinada en la Provincia de Catamarca por los “hijos del poder” el 8 de setiembre de 1990.¤

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