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Historia: Divide y reinarás

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Camino al Bicentenario de la Declaración de la Independencia de la Nación Argentina.

En la rebeldía de Artigas nace el Federalismo en el Río de la Plata. Primero, la rebeldía se manifiesta hacia la gobernación de Montevideo y luego hacia el poder central que ejercía Buenos Aires.


Cuando declara la independencia de las provincias que estaban bajo su órbita, pensaba que estaba dando el primer paso hacia la formación de la Unión de Provincias Libres y Soberanas. Sin embargo, para Buenos Aires fue una declaración de guerra y sus gobiernos no descansarían hasta ver al caudillo oriental derrotado, muerto o en el exilio. De esta manera, se presentaban para Artigas dos frentes de batalla. Uno externo hacia el norte, la inminente invasión portuguesa desde el Brasil, ya que la flota española con 10.000 hombres que supuestamente había zarpado hacia el Río de la Plata se queda en las Antillas para fortalecer esta zona estratégica del comercio. El otro, un frente interno, ya que Buenos Aires preparaba un ejército para combatirlo. Artigas tendrá que dividir sus fuerzas. El mismo enfrentará a los portugueses y pedirá a los caudillos del litoral que enfrenten a Buenos Aires.
Sin embargo detrás de estos dos enemigos visibles se esconde un tercer enemigo invisible que cual viejo zorro intrigaba en la corte de Río de Janeiro y con los embajadores que le envían desde Buenos Aires y es el autor intelectual de este juego de pinzas que terminará derrotando al caudillo oriental: la diplomacia británica.

Divide y reinarás
Gran Bretaña venía haciendo buenos negocios desde la época colonial a través del contrabando de una orilla a la otra del Río de la Plata. La Banda Oriental fue la base estratégica del contrabando de Inglaterra y Portugal, ya que desde allí se introducían clandestinamente esclavos, telas, alimentos y mercadería en general. No le convenía al Imperio Británico, dueño y señor de los mares, un estado único que dominara ambas márgenes del estuario, como tampoco iban a permitir más adelante, que dos estados sean dueños exclusivos de las costas orientales de América del sur. Las dos márgenes del Río de la Plata estaban pobladas por hombres de una misma raza, de una misma creencia, de idénticas tradiciones, y de seguir unidas en los primeros tiempos de la independencia hubiera sido casi imposible proceder más tarde a la segregación.
Todos los próceres de la independencia americana peregrinaron hacia Londres en busca de ayuda para libertar e independizar a las colonias españolas de América. ¿Qué le ofrecen a cambio de esta ayuda o qué pide la corona para hacerlo? El libre comercio. Con el libre mercado, pero solo para los productos ingleses, las antiguas colonias serían libres del dominio español, pero dependientes económicamente del Imperio Británico. El comercio libre enriqueció a los puertos que vivían de la exportación y elevaba a los cielos el nivel de despilfarro de las oligarquías ansiosas por disfrutar de todo el lujo que el mundo ofrecía, pero arruinaba las incipientes manufacturas locales y frustraba la expansión del mercado interno.

Lo que no consiguieron los Vernos, los Beresfords y los Pophans con las armas, lo consiguió sin derramar una gota de sangre la diplomacia británica, pero sí derramando empréstitos que hicieron sudar sangre a los nativos de estas tierras

Los objetivos secretos que tenía Inglaterra para el continente americano que fue logrando con tenaz paciencia a través del siglo XIX, fueron la creación de bases marítimas, instigar a unos estados contra otros, mantenerlos en mutuos recelos, y evitar la unidad entre la América del Sur y la América del Norte. Desde principios del siglo XIX Londres aplicó una política zigzagueante y dúplice, cuyas fluctuaciones obedecieron a la necesidad de favorecer el comercio inglés, impedir que América Latina pudiera caer en manos norteamericanas o francesas y prevenir una posible infección de jacobinismo en los nuevos países que nacían a la libertad.
Lo que no consiguieron los Vernos, los Beresfords y los Pophans con las armas, lo consiguió sin derramar una gota de sangre la diplomacia británica, pero sí derramando empréstitos que hicieron sudar sangre a los nativos de estas tierras. El único resultado visible y comprobable de los empréstitos fue el de detener el desarrollo de los pueblos (objetivo primordial de la diplomacia británica), por lo menos mientras ese progreso no estuviera bajo el control británico y sirviera a su grandeza imperial.
Como nos dice Raúl Scalabrini Ortiz: “Si no tenemos presente la compulsión constante y astuta con que la diplomacia inglesa lleva a estos pueblos a los destinos prefijados en sus planes y los mantiene en ellos, las historias americanas y sus fenómenos sociales son narraciones absurdas en que los acontecimientos más graves explotan sin antecedentes y concluyen sin consecuencias. En ellas actúan arcángeles o demonios, pero no hombres”.

La historia oficial nos muestra a los agentes de la diplomacia británica como amigos y benefactores de las nacientes naciones

Si desconocemos este plan sistemático para nuestro continente pergeñado por la diplomacia inglesa, tal como lo intentó la historia oficial, quien jamás nombra las consecuencias nefastas para el desarrollo de nuestro país que dejaron las luchas diplomáticas y sus arterias. La historia argentina oficial toma la forma de una ficción en la que los protagonistas se mueven sin relación con las duras realidades de esta vida, la Revolución de Mayo aparece como una simple explosión pasional y nadie nos explica quien proveyó los recursos para realizarla. Nadie nos lo dice, porque si rastreáramos la procedencia del dinero descubriríamos a los principales movilizadores revolucionarios.
Este doble juego diplomático no es novedoso en la historia inglesa. A principio del siglo XIX Inglaterra es aliada de España en su lucha contra Napoleón y por detrás es enemiga de España por su codicia de comerciar con las colonias americanas, ayudando a los revolucionarios que se alzaran contra Fernando VII. Napoleón se convierte así en el protector indirecto e involuntario de la emancipación sudamericana, ya que España invadida no ha podido sofocar las insurrecciones. Cuando Napoleón avanza sobre Portugal, la diplomacia inglesa sugiere al rey que se traslade con su corte al Brasil. Pero en medio de la corrida, y aprovechando la desesperación de Pedro I por huir, antes de subir a los barcos de la marina inglesa, Lord Stratford, embajador inglés en la corte portuguesa, le sugiere al rey que firme el tratado de libre comercio entre sus colonias americanas y la corona inglesa. Linda mano le tiende al aliado, aprovechándose de su desgracia.

Amigos y benefactores falsos
La historia oficial nos muestra a los agentes de la diplomacia británica como amigos y benefactores de las nacientes naciones; George Canning, por ejemplo, se nos muestra como un desinteresado agente, casi un idealista, apoyando las independencias de las repúblicas nacientes. Hasta la ciudad de Buenos Aires, agradecida por sus servicios, le puso su nombre a una coqueta avenida que el buen tino hizo cambiar de nombre. Como Canning hubo otros que actuaron a total beneficio de la corona británica e impidieron el desarrollo de esta parte de América. Es que si solo contamos una parte de la historia, Canning se ve como nuestro benefactor y el que luchó para que se reconozcan las independencias de los pueblos americanos, pero hay otra parte de la historia no contada de la política por él ejercida, entretejidas en los salones y antesalas que tendía a suplantar el agónico dominio español por el extenuante dominio capitalista inglés. A partir de 1810 ya no partieron los galeones españoles repletos de oro y plata: a partir de entonces lo hicieron las fragatas inglesas. La historia oficial no nos cuenta que los “capitales extranjeros” no son más que el producto de la riqueza y del trabajo del pueblo contabilizados a favor de Gran Bretaña.
Con todo este análisis no quiero desmerecer la epopeya que está por venir en la naciente nación argentina. Las revoluciones de Sudamérica estaban sostenidas por una tan alta mira y por una idea tan noble, que no logra desmayar en la obra de reconstruir los caminos que los conducen al cumplimiento de su presentida misión, pese a tan ponzoñosas acciones de la diplomacia británica. Como nos dice Scalabrini Ortiz: “A la tenacidad destructiva de las codicias extranjeras, América opone con terquedad irreductible una confianza en sí misma inquebrantable”. Lo que surge de este análisis es el factor negativo para las aspiraciones de estos hombres y el causante principal de que no se pudiera concretar la añorada patria grande soñada por los Libertadores de América.

Epílogo para Artigas
“Yo no hice otra cosa que responder con la guerra a los manejos tenebrosos que el Directorio me hacía por considerarme enemigo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo (la monarquía). Pero los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma imperial, mandando sus procónsules a gobernar a las provincias militarmente y despojarlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado y poniendo precio a mi cabeza”, escribió José Gervasio Artigas.
¿Cual fue el pecado de Artigas, para que se lo tratase en la historia oficial como un bandolero? El dictar a sus subordinados una reforma agraria para la región, darle derechos a los desposeídos, tener en cuenta a los pueblos originarios, promulgar un reglamento aduanero que grababa fuertemente con un impuesto la importación de mercadería extranjera y liberaba la importación de los bienes de producción necesarios al desarrollo económico. Pecado capital para las oligarquías y burguesías portuarias, dueños de latifundios, y para su socio oculto, los librecambistas ingleses. Esta clase social no necesitaba pueblos libres, necesitaba tierras libres para sus monocultivos y para que pasten sus ganados. Artigas quiso echar las bases económicas, sociales y políticas de una Patria Grande. Pecados que no le perdonarían hasta verlo derrotado y exiliado.
Buenos Aires entrega la Banda Oriental a los portugueses, quienes serán recibidos como héroes por la burguesía de Montevideo y derrotado el caudillo borrarán de un plumazo los derechos que Artigas había dado a su pueblo. Pueblo que se había convertido en el ejército de desposeídos, paisanos pobres, gauchos montaraces, esclavos que ganaban la libertad incorporándose al ejército de la independencia e indígenas que recuperaban el sentido de la dignidad, que lucharon junto a su jefe hasta que derrotado y humillado tuvo que marchar al exilio en Paraguay, donde hasta el día de su muerte fue llamado en guaraní por los indios y campesinos que lo rodeaban Caraí Marangatú (Padre de los pobres).

Textos Consultados:
Breve historia de los argentinos, de Felix Luna
1815, La primera declaración de independencia argentina, de Pacho O'Donnell
Biografía de José Gervasio Artigas, en El Historiador, de Felipe Pigna.
Política británica en el Río de la Plata, de Raúl Scalabrini Ortiz
Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano ¤

 

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