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Angelo Calamera, artista polifacético

Angelo Calamera

Radamés Angelo Calamera ha decidido extraer de su aljaba una sorpresa: Se trata de una novela titulada “Las sobras del odio”

Este hecho sorprende porque Calamera, para sus amigos, no necesita demostrar nada más. Su larga trayectoria constituye un aval suficiente para quien lo ha sacrificado todo en las aras de su vocación artística nunca desmentida. No se puede saber cuál fue el inicio de esa vocación, pero lo cierto es que desde sus comienzos, el arte fue su meta primera y fundamental. Su padre Radamés fue un tenor de enorme porvenir, cuya vida quedó trunca a los 37 años de edad. Y basta decir para avalar esta afirmación, que hasta el mismo Ferruccio Tagliavini, sí, Tagliavini, a quien algunos llegaron en la época a compararlo con Caruso, lo secundaba en el elenco lírico del Teatro Marconi, el teatro que fue la sala porteña número dos en la difusión del género lírico, después del Teatro Colón, considerado entonces, el tercero del mundo, detrás del alla Scala de Milán y el Opéra de París.
Se puede inferir cuál habrá sido la influencia que habrá tenido sobre la imaginación del muchacho ese padre a quien conoció tan poco, pero que arrastraba toda la tradición obtenida en el mundo por la ópera italiana contemporánea. Queda ahora la evidencia de que su futuro estuvo signado por su progenitor, tal como lo estuvo para su hermana Aída.

“Embrujado por el jazz y los blues, se fijó entre tantas ilusiones, una meta: aproximarse a Estados Unidos para ver y escuchar personalmente a esos monstruos, a cuyo influjo lo fue introduciendo el nuevo mundo de la música”

Su padre, el tenor Angelo Calamera, comprendió después de haberse casado en la Argentina (donde lo había llevado su profesión) que su futuro no podía ser confiado a un país tan nuevo y exótico para el centro de las artes europeo y decidió regresar a su Italia natal, alentando la esperanza de un porvenir brillante, truncado cuando era tan joven por un síncope cardíaco implacable. Su hijo, dotado de grandes condiciones musicales, se vio obligado por una afección respiratoria a renunciar a seguir la carrera paterna. Su hermana Aída, en cambio, notable mezzo soprano, fue quien recorrió una trayectoria brillante, en la que llegó a compartir en el Opéra de París el cartel con Plácido Domingo, en la ópera “Tosca”.
La madre, Emma, viuda de Calamera, decidió regresar a la Argentina, donde había nacido, llevándose consigo a sus dos hijos y a su otra hija, Angela, que nació en el viaje.
Cuando el muchacho terminó la escuela primaria, ingresó como pupilo en el Colegio Don Bosco, la gran escuela jesuita, donde los alumnos aprendían un oficio al margen de las materias teóricas. El pequeño Radamés, a los 17 años de edad se graduó de linotipista, es decir que se convirtió en un experto de esa máquina fabulosa, fabricante de letras y líneas sueltas de todos los tamaños para ser usadas en las imprentas. Una máquina, dicho sea de paso, que era en sí misma la materialización del sueño de Gutemberg: un verdadero monstruo difícil de imaginar actualmente, venerada por varias generaciones y para manejar la cual se requería una gran capacidad y concentración. Era el ápice de la más refinada técnica. En estos momentos se exhibe una película de un hombre enamorado de una computadora, extraño argumento que podría haber sido considerado entonces con mayor verosimilitud. La linotipo en sí misma recuerda la máquina truculenta de Kafka destinada a infligir los suplicios más atroces en un presidio imaginario. Conviene señalar también que en ese momento, el oficio de linotipista era considerado un cheque a la vista. Para un muchacho como Radamés, era la posibilidad de internarse en el mundo tan seductor de las artes, aunque tan parco en acordar beneficios materiales.
Durante su estada en el colegio, tuvo la oportunidad de aprender a tocar un instrumento musical, la trompeta, el único instrumento en existencia en ese momento que se enseñaba y no con mucho entusiasmo. Pero el muchacho llegó, con el afán que le conocemos, a dominarlo y a perfeccionarlo después, gracias a la inspiración de un gran maestro, el profesor Jorge Sinna, quien además lo introdujo al mundo de los grandes creadores y ejecutantes como Louis Armstrong, Dizzie Gillespie, y Sidney Becket.
Tal como lo había previsto, el oficio adquirido le tendió una mano amiga y a poco andar Calamera estaba trabajando en el diario La Razón, tirando líneas, tomando leche para contrarrestar las emanaciones plúmbeas y leyendo por obligación a los mejores y a los peores.
Desde entonces, embrujado por el jazz y el blues, se fijó entre tantas ilusiones, una meta: aproximarse a Estados Unidos para ver y escuchar personalmente a esos monstruos, a cuyo influjo lo fue introduciendo el nuevo mundo de la música.
Asimismo, durante su estada en el colegio, Calamera descubrió entusiasmado habilidades técnicas poco usuales. Y esas técnicas lo llevaron al dibujo lineal y consiguientemente, al dibujo a mano alzada. Fue por eso que decidió seguir la carrera artística de Bellas Artes y en su tiempo libre, la trompeta.

“Los años se fueron acumulando y el los aprovechó a su vez para elaborar más obras, obras de todo tipo, demostrando su versatilidad. Fueron cuadros, escenografías, interpretaciones”

Dibujo Angelo CalameraEn Bellas Artes se vio sometido al influjo de maestros de la talla de Pasenza y Gramajo Gutiérrez, con lo que pudo sopesar el modernismo de uno con lo tradicional de aquel. En la gran trenzada entablada entonces entre lo figurativo y lo abstracto, tuvo la entereza de seguir por lo conocido, sin atender los llamados de las sirenas. Así fue como se fue asentando su personalidad. Asimismo, su juventud y su amor por la música lo llevaron a la interpretación, dando rienda suelta a sus aspiraciones artísticas más entusiastas.
Desde entonces, Calamera se entregó por entero a su vocación. O mejor dicho, a sus vocaciones. Cuentan que el adolecente, en su afán de ganar tiempo a las horas, se hizo un “schedule” implacable: iba al trabajo, asistía a Bellas Artes, y luego salía con la trompeta bajo el brazo a tocar a los boliches frecuentados exclusivamente por entusiastas adictos. Y también, ¿por qué no?, se enamoró y se casó.
calamera 010Junto con su esposa, Ana, quien demostró ser luego una compañera luchadora e infatigable, vinieron para los Estados Unidos, el 31 de octubre de 1961.
Pero ya traía algo bajo el brazo, además de su trompeta: había escrito un ballet, “Picnic”, estrenado en el teatro Ateneo, de la calle Cangallo. Además, gozaba de jerarquía como intérprete, pues se integró a los Swing Masters, con quienes trabajó hasta el momento de abandonar a la Argentina.
Pero la conquista de las nuevas tierras fue laboriosa. En primer lugar, decidió cambiarse de nombre: Radamés Gaetano Calamera se convirtió en Radamés Angelo Calamera. Parece que a los nativos les resultaba impronunciable el nombre y tuvo asimismo que abandonar a toda la muchachada con quien compartió su primera juventud. No obstante, en sus periódicos viajes a la Argentina, reanuda vínculos con quienes prosiguen tenazmente en la huella, compartiendo las jam sessions, siempre refractarios al éxodo. Su gran amigo Ossy Gambatese es una muestra de esa lealtad que desafía a la distancia, defendiéndose siempre en la brecha y con quien mantiene una comunicación fraternal cimentada por el tiempo.

“Su capacidad de trabajo es admirable y recuerda al pasar lo dicho por Rodin: “la obra en un 90% es producto del trabajo”, con lo que dejaba escapar el desdén que sentía por el macaneo de los fumistas”

Recién llegado a estas tierras, Angelo se convirtió en papá. Acá nació su hijo Pablo Marcello, a quien supo alentar en la concreción de un brillante porvenir profesional.
Los años se fueron acumulando y él los aprovechó a su vez para elaborar más obras, obras de todo tipo, demostrando su versatilidad. Fueron cuadros, escenografías, interpretaciones. Nunca desmintió esa trompeta, que lo devolvió del jazz a la lírica, y si bien no cantó, dejó su sello en el montaje y la dirección de obras, demostrando asimismo su capacidad organizadora.
Otra de las actividades abordadas incluyó la confección de murales, cuya técnica le es familiar. Entre sus obras de este tipo se destacan los murales que ideó especialmente para las guarderías infantiles creadas para el Estado de California. Tanta fue la aceptación que el guitarrista Slash, de Guns N' Roses, le encargó expresamente un mural para su hijito recién nacido. Otro tanto hizo Al Pacino y otros importantes profesionales del teatro y del cine. Conviene especificar, asimismo, que en los últimos años Radamés integró la Pacific Lyric Association, cuyo director es Carlos Oliva, haciéndose responsable del montaje de óperas como Carmen, Cavallería Rusticana, Amhal and the Night Visitors, Rigoletto, etc. Calamera tuvo a su cargo los bocetos y realización de los decorados, y en algunas ocasiones se encargó a telón abierto de la presentación y explicación de las obras.
Su capacidad de trabajo es admirable y recuerda al pasar lo dicho por Rodin: “la obra en un 90% es producto del trabajo”, con lo que dejaba escapar el desdén que sentía por el macaneo de los fumistas.
Angelo CalameraOtro aspecto de las actividades a las que se entregó con fervor es su paso por la Asociación Argentina de Los Angeles, entidad en la que fue varias veces miembro de la comisión directiva y para la cual prestó siempre su ayuda y experiencia, en la organización de los espectáculos brindados a los socios.
Además, sus dibujos ilustran en El Suplemento los cuentos y leyendas que se publican desde hace años.
Calamera sigue demostrando para nuestra satisfacción y la suya que la vida tiene sentido: pero para hablar de ello no hacen falta palabras, solo es suficiente la atención, mucha atención…
El libro “Las sobras del odio” será presentado en la Asociación Argentina de Los Angeles el próximo 5 de diciembre de 2015. ¤

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