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El día que robaron La Gioconda: Parte II

La GiocondaEn la edición de septiembre del 2003 publicamos un artículo titulado “El día que robaron La Gioconda”. Este artículo fue escrito en base a recortes periodísticos y ciertas versiones conocidas en el ambiente pictórico. Tratamos de hacerlo como un relato biográfico en el que el noventa y siete por ciento se basaba en hechos verídicos y un tres por ciento en ficción, sobre todo el final del artículo. En el corriente mes he recibido el libro “El robo de La Gioconda - una historia argentina” de Diego Ramiro Guelar. El autor también aclara que los hechos del 21 de agosto de 1911 y otros colaterales son reales y lo demás ficción.
Su técnica ha sido entrecruzar tres biografías: la de Leonardo Da Vinci, la de Eduardo Valfierno y la de Carlos Federico Ruckman.
Nos dice que la presencia biográfica parcial de Leonardo Da Vinci tiene como único objetivo demostrar que es posible gozar de eternidad y grandeza sin doble mensaje, mediocridad, viveza criolla y pobreza de espíritu. Considera, además, que los lectores argentinos admirarán la habilidad de Eduardo Valfierno y Carlos Federico Ruckman para medrar en su provecho a costa de sus congéneres, con imaginación, rapidez y sentido de oportunidad.
Esta novela fue terminada el 8 de septiembre del 2003 y entregada en mano, por el autor, el 6 de octubre del mismo año al director de la Editorial Planeta y presidente del jurado del Premio Planeta. Según Guelar ahí empieza otra novela. En su interesante libro he encontrado algunas cuantas perlitas que completarán mi relato.
El 23 de mayo de 1870, en la calle Defensa, de la ciudad de Buenos Aires, nació Eduardo Melchor Valfierno, hijo de Doña María Consuelo Ezcurra y Obes y de don Nicanor José Cernadas y Valfierno. El que había recalado en Buenos Aires era don Eduardo (el abuelo) en 1820 para probar fortuna. Traía en dos bolsas, monedas de oro, atribuidas por algunos a una herencia producto de la liquidación de los viñedos de su fallecido padre (supuestamente el marqués Carlos de Valfierno, hijo natural de don Carlos IV, concebido durante su exilio en Bayona). Otros lo sindicaban como joven montonero (así llamaban a los mal vivientes que se escondían en los montes) que había asaltado con éxito una diligencia que recorría el camino entre Ciudad Real y Madrid. Dejando embarazada a la hija del jefe de los montoneros, se habrían llevado el botín directo al Puerto de Palos y embarcado hacia Buenos Aires. Compró campos y puso un almacén de ramos generales. Casó a su primogénito Nicanor con una prima de Doña Encarnación Ezcurra, esposa del Brigadier General y gobernador de la provincia de Buenos Aires don Juan Manuel de Rosas. Eduardo abuelo, Nicanor y Eduardo nieto tuvieron una pasión: el juego.
Otro 23 de mayo pero 418 años antes, en la pequeña villa de Vinci había nacido Leonardo, hijo natural del notario Ser Piero y de Catarina la campesina. Tenían Eduardo y Leonardo el mismo signo: géminis y la misma representación animal en el horóscopo chino: el caballo.
Más adelante, desembarcado Eduardo en Francia, tiene un encuentro casual con Vicenzo Perugia que fue quien sacó a La Gioconda del Louvre. Este había trabajado en el mantenimiento dentro del museo hasta poco tiempo antes. Eduardo había vendido su última estancia y poco le quedaba.
Pero antes, en sus paseos por la sala Carré del Louvre había conocido a un extraño personaje: Ives Chaudron, copista que le confesó tener una pasión incontrolable por la Mona Lisa, de la que ya había hecho seis copias que consideraba tan auténticas como el original. Estaba convencido de que él era la reencarnación de Leonardo y le pidió que lo ayudara a salir de esa locura. Eduardo le prometió hacerlo, pero estaba convencido de que este sujeto no era pasto de manicomio, circo o cárcel, sino una “rara avis” que un extraño fenómeno había puesto en su camino.
Además Eduardo conoce a los hermanos Lancelotti, ante los que se presenta como el marqués Eduardo Matarazzo, de origen italiano, pero cuya familia se había radicado en el Brasil. A los tres, Eduardo les inflamará el nacionalismo que se anidaba en sus corazones, afirmándoles que el robo de la Mona Lisa se haría para que ésta volviera a Italia. Cita a los hermanos Lancelotti para que trajeran un presupuesto completo de unas bibliotecas y otros muebles. Luego da a los tres las instrucciones correspondientes. El robo se realiza tal como lo relatamos en la primer nota.
Al salir del Louvre con la obra, Perugia, sobre la Rue de Rivolo, es recogido por los hermanos Lancelotti en un carro tirado por un viejo tordillo que a trote lento se alejó del lugar sin despertar sospecha alguna. La operación le reportó a Eduardo 1.800.000 dólares y no entre 30 y 60 millones como creía. Pero la verdadera suma sólo la sabía él, pues todos estos detalles los contó al periodista Karl Decker para ser contados después de su muerte.
De su propuesta a los millonarios interesados recibe nueve respuestas: cinco americanos, dos ingleses, un alemán y un brasilero. Todos esperaban tener descripción exacta, precio y detalles biográficos, así como certificaciones de autenticidad.
Las copias serían enviadas sin recaudo alguno, lo que indicaba gran confianza en el destinatario y así como en la autenticidad de la pintura, o sea, una ingenuidad patética, o una estafa infantil y precaria.
Los apoderados designados respondieron en tiempo y forma. El último paso era vía apoderados y por sobre cerrado, la entrega de las seis cuentas numeradas a donde cada uno debía girar el monto convenido. Los fondos en los bancos suizos serían luego girados, vía Zurich, a un banco de New York, previa deducción del 30 % correspondientes a Ives.
Sólo restaba pagar lo convenido a Vicenzo y a los Lancelotti y desaparecer sin dejar rastro alguno. Y sobre todo no entrar en contacto con la verdadera Gioconda.
El 21 de octubre de 1911 Vincenzo recibió una valija con las 300.000 liras prometidas, pero el marqués jamás volvió a tomar contacto con los Lancelotti ni con Vincenzo. Lo que hicieron con el cuadro original no difiere el libro con nuestro artículo publicado en El Suplemento. El 12 de mayo de 1915 Valfierno se casa con Elizabeth Lodge, hija de una prestigiosa familia de Boston. Con ella tiene una hija en 1916 a la que llaman Lisa.
En la espléndida casa de la calle Sexta entre Quinta y Madison Avenue, todos los cuadros eran originales y la mayoría de expresionistas europeos del siglo XIX, con la excepción de la séptima reproducción de la Mona Lisa que difería de las otras seis ya vendidas.
Sobre Ives Chaudron difiere el libro con mi artículo. Para el primero, después del año 1911 no se sabe nada más de él. Para mi ficción, se trasladó a Los Angeles y se dedicó a vender buenas copias a los artistas de cine.
En 1929, Eduardo Valfierno, aconsejado por su amigo el Dr. Federico Boyd, decide multiplicar su fortuna invirtiendo todo en la bolsa de valores. Así fue como perdió todo lo mal habido. En su lecho de muerte contó a su hija la sutil y elaborada maniobra que le permitió realizar el mayor robo del siglo.
Guelar (1) nos habla luego de “la novela de la novela”, que se produce al premiarse un texto de similar inspiración por una editorial que recibiera su texto con un año de antelación y considera que eso se inscribe en la tesis que sostiene el autor sobre la perversa ejemplaridad y predominio de los valores equivocados.
Y mientras escuchamos desde el disco, en la voz de Nat King Cole, Mona Lisa de Livingston y Evans...

(Monalisa, Monalisa, men have named you
You are so like the lady with the mystic smile.
It is only cause you are lonely
They have blamed you
For that Monalisa strangeness in your smile

Do you smile to tempt a lover, Monalisa
Or is this your way to hide a broken heart.
Many dreams have been brought to your doorstep,
They just lie there, and they die there.
Are you warm, are you real, Monalisa
Or just a cold and lonely work of art?)

...nos preparamos para ir a comprar el libro “Valfierno” de Martín Caparrós.

(1) Abogado, periodista, diplomático y político justicialista. Ø

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