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Curiosidades sobre Don Quijote de la Mancha. El Refrán. Parte 32

Don Quijote por Gustavo DoreAntes de referirnos a los refranes que encontramos en los últimos capítulos de la segunda parte del Don Quijote, vamos a considerar ciertas curiosidades que giran alrededor de esta obra. ¿Hubo otro Don Quijote de la Mancha? Empecemos por recordar que Jorge Luis Borges pretendió dar la obra por inédita. Así, llevó adelante un famoso cuento que dedicó a Silvina Ocampo: “Pierre Menard, autor del Quijote”. Firmado en 1939, lo publicó primero en la revista “Sur” y lo incluyó después en su libro “Ficciones”. Para José Bianco se trató del primer cuento fantástico de inspiración metafísica y es el traspaso entre el viejo Borges, poeta y ensayista, y el nuevo Borges, autor de las ficciones que le dieron renombre.
Evidentemente, este fue uno de los tantos divertimentos de Borges con la literatura. Pierre Menard es en el relato, un escritor común, de principios del siglo XX, autor de una obra más bien pequeña y modesta, atormentado por un propósito meramente asombroso: escribir el Quijote. No hacer una versión contemporánea del Quijote, ni tampoco ser en el siglo XX un novelista popular del siglo XVII, sino seguir siendo Menard, es decir, un poeta simbolista francés de la década del XX sin ninguna de las experiencias de Cervantes, y aún así, poder escribir su novela, línea por línea y obtener sin embargo una obra diferente. Volvemos a decirlo: fue un divertimiento de Jorge Luis Borges.
Pero hay otro autor que se escondió en el anonimato e hizo la segunda parte de Don Quijote de la Mancha antes que Cervantes concluyera la suya. En efecto, después del éxito de la primera parte de la obra en cuestión, Cervantes no manifestó intención de obtener nuevos triunfos. Dejó pasar en silencio ocho años, durante los cuales sólo escribió algunos versos de ocasión. Pero más adelante, en el prefacio de sus “novelas ejemplares”, promete la continuación del Don Quijote. Y es así que mientras Cervantes escribía el capítulo quincuagésimonono de la segunda parte, se entera que había aparecido una espuria continuación de la primera (1614) en Tarragona y que su autor se ocultaba bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda. Se llegó a sospechar del confesor del rey, Fray Luis de Aliaga, y sobre todo de Lope de Vega. Habría que recordar que las relaciones entre los dos literatos más grandes de España no fueron nada cordiales. Otros atribuyeron la obra a Tirso de Molina, a Ruiz de Alarcón, y a Fray Luis de Granada, entre otros. La conjetura más plausible, la de Marcelino Menéndez y Pelayo, es que Avellaneda fue cierto aragonés llamado Alfonso Lamberto. La verdadera oscuridad de Lamberto favorece esta sospecha. Si Avellaneda hubiese sido una figura literaria de gran importancia, Cervantes, que nada tenía de cobarde, lo hubiera desenmascarado. Lo cierto es que debemos a Avellaneda un bien ideado, brutal, cínico y entretenido libro que suele reimprimirse. No es éste el único motivo por el cual se le debería homenajear. En efecto, debemos agradecerle por poner fin a la vagancia de Cervantes, que dio lugar a la esperada publicación de la segunda parte. Nueve años habían pasado sin que Cervantes diera señal de vida. Avellaneda fue el acicate para que Cervantes se apurara en terminar esa segunda parte. En forma similar, la segunda parte de “La Galatea”, prometida durante 30 años, jamás fue terminada.
Es hora de que nos encontremos con las referencias que hace Don Quijote al libro de Avellaneda. Después de la aventura de los toros, llegaron Don Quijote y Sancho Panza a una venta. En el aposento contiguo al tomado por Don Quijote y separados por un sutil tabique, oyó nuestro héroe una conversación entre un tal Jerónimo y un Don Juan, en la cual se refirieron a la segunda parte recién editada del Don Quijote de la Mancha. El primero sostuvo que después de haber leído los disparates de la primera parte, no es posible tener gusto en la segunda. Sin embargo, Don Juan consideró con un refrán que debía leérsele pues “No hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena”; “pero a mí lo que mas me displace” continuó Don Juan “es que Don Quijote aparece desamorado de Dulcinea del Toboso”. Ante esto, Don Quijote, con ira y despecho, desafía al que tal cosa diga, pues Dulcinea del Toboso no puede ser olvidada. “¿Quién es el que nos responde?” preguntaron. Sancho se inmiscuye diciendo que es el mismo Don Quijote que hará bueno cuanto ha dicho y aún cuanto dijere pues: “Al buen pagador no le duelen las prendas”. Los hombres lo reconocen entonces como el verdadero Don Quijote y le ponen el libro entre sus manos. Luego de ojearlo, Don Quijote considera que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículo, y si yerra al decir que la mujer de Sancho Panza se llama Mari Gutiérrez, debe temerse que yerra en todo lo demás.
Cenando con aquellos, contó Don Quijote sus aventuras y como quisieron que siguiera descartando al libro, Don Quijote se negó diciendo que él lo daba por leído. Don Jerónimo y Don Juan le aconsejaron que no fuese a Zaragoza, en donde se contaban falsas historias de él, sino a Barcelona, donde hay justas donde podría mostrar su valor.
Se despidieron y al otro día partieron Don Quijote y Sancho Panza. Cerca de la ciudad condal encontraron cuerpos de bandoleros colgados de los árboles, momento en que se vieron rodeados por cuarenta ladrones (que no eran los de Alí Babá). Cuando iban a despojar a Sancho Panza, llegó su capitán impidiendo tal acción y al ver tan triste a Don Quijote, lo consoló diciéndole que no había caído en manos de un cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de rigurosas.
Allí ocurrirá la aventura con Claudia Jerónima, que dirá: “No hay mujer por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados deseos”.
En Barcelona, la persona avisada por Roque recibió a Don Quijote, quien le dijo entonces a Sancho Panza que apostaba a que “éstos han leído nuestra historia y aún la del aragonés recién impresa”.
El huésped de Don Quijote se llamaba Don Antonio Moreno, quien buscaba modos de que sin su perjuicio sacase a plaza sus locuras, porque “No son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño de tercero”.
Una de esas fue mostrarle la cabeza encantada por un hechicero y que respondía a lo que se le preguntaba. También afirmó don Antonio que “el fuego no puede estar escondido y encerrado”, que “la virtud no puede dejar de ser conocida y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas las otras”.
Tuvo deseos Don Quijote de pasear por la ciudad; en eso estaba cuando vio en una puerta un cartel que leía: “Aquí se imprimen libros”. Así conoció lo que era una imprenta, y además encontró a un autor que le confiesa su ambición, pues le dice: “Sin provecho no vale un quatrín la buena fama”.
En la imprenta estaban corrigiendo otro libro y le dijeron que era la segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, compuesto por un tal vecino de Tordesillas. “Su San Martín se le llegará como a cada puerco”, termina diciendo Don Quijote.
Y así dejamos por hoy a Don Quijote maldiciendo ese libro, mientras recordamos dos proverbios egipcios. Son del filósofo Qaquimuna: “No metas todas tus flechas en una sola aljaba” y “Los soldados, si se acostumbran a la bebida, debilitan sus miembros y rehúsan el combate”. Ø

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