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Buenos Aires Fileteada

Así suele pasar; uno no sabe de donde salió eso que tenemos en frente de nuestras narices, pero ahí está. Y cuando tomamos conciencia de su existencia, cuando comenzamos a verlo, nos damos cuenta de que no sólo lo tenemos aquí enfrente, sino que además está por todas partes.

“Cambio suegra por yarará; pago diferencia”

Una nueva vieja estética está cambiando la cara de Buenos Aires; las paredes de las casas del barrio del Abasto, los carteles y fachadas de los bares de San Telmo y La Boca, las tanguerías de Montserrat, Boedo y el microcentro han tomado una nueva forma, y sobre todo, un nuevo color. Nunca antes -supongo que desde la década del ’30- la cara de Gardel, con o sin sombrero, estuvo tan presente en la ciudad. Los colores celeste y blanco, que hasta hace poco se veían sólo cuando jugaba la selección y se olvidaban hasta el próximo partido, aparecen ahora enroscados alrededor de un asta terminado en punta de flecha, o en un pergamino a medio abrir, o en una cinta entrelazada a dos hojas de acanto de las cuales a veces surgen amenazantes dos enfurecidos dragones. La ciudad está siendo “fileteada”.
Gardel, filete de Carlos CarboniLos orígenes del fileteado porteño son difusos. Se sabe que nació como arte decorativo –mucho más elemental y específico que el actual- en las fábricas de carros a comienzos del siglo pasado. Pero ¿De dónde viene? ¿Quiénes fueron sus precursores? ¿Quiénes modelaron su iconografía? ¿Quiénes le dieron su inconfundible personalidad?   
Muchos mencionan que un arte similar se empleaba para decorar los carros en Sicilia, y que fueron los inmigrantes italianos quienes habrían reflotado esta técnica en el nuevo mundo, adaptándola a la realidad y gusto porteños. Sin embargo, en su libro Los Maestros Fileteadores de Buenos Aires, Esther Barugel y Nicolás Rubió (quienes en 1970 realizaron la primera exposición de fileteado porteño en la galería Wildenstein, por ese entonces en la calle Florida) consideran que aquel era un arte diferente, netamente religioso “de talla policromada que derivaría de la carroza o el altar renacentista”, mientras que el fileteado porteño es “esencialmente decorativo” y de temática “a la vez religiosa y pagana”. Sea como sea, basta prestar atención a los nombres que mencionamos a continuación para reconocer que es innegable la influencia de los inmigrantes del sur de Italia en el nacimiento del fileteado en Buenos Aires.
Los primeros fileteadores eran meros “trabajadores del pincel”; no firmaban sus obras porque su arte no era ni más ni menos importante que el del herrero o los pintores de liso. Sí tenían una responsabilidad ineludible: terminar rápido su trabajo. Dado que el suyo era uno de los últimos toques que se le daba a un carro o a una carrocería, todos los demás trabajadores deseaban que finalice para poder cobrar cuanto antes. A pesar de la sencillez con que el fileteador encaraba su labor, algunos reportes indican que en las fábricas de carrocerías se lo solía tratar con cierta preferencia y veneración.
En cuanto a nombres se refiere, los italianos Vicente Brunetti y Cecilio Pascarella parecen ser los pilares del fileteado tal como hoy se lo conoce. Brunetti habría sido quien comenzó a usar los vivos colores típicos del filete y el relleno de los chanfles en las carrocerías; a Pascarella se le atribuye la introducción del “Yapán” (barniz con un mínimo toque de pintura) que se usa para pintar las sombras y darle así al filete su característico volumen. Además se lo considera un pionero en el uso de las frases con las que el dueño del carro solía comunicarle al mundo sus esperanzas, desvelos, agradecimientos o amores. Según el maestro León Untroib, Pascarella fue el primero en firmar sus filetes, aunque sólo con su nombre, Cecilio. También se menciona a Salvador Venturo y a su hijo Miguel, este último fundamental en la evolución del filete al incorporar buena parte de los motivos (dragones, pájaros, hojas de acanto, flores...) que hoy forman parte integral de este arte popular argentino.
Es interesante remarcar que muchos de los elementos ornamentales que utilizaron los primeros fileteadores –las hojas de acanto, floreros y los motivos animales, en particular- los copiaron de las decoraciones empotradas en los edificios de la ciudad, como así también de las mayólicas de las paredes del subte. Asimismo, encontraron en los billetes que emitía el Banco Central los modelos necesarios para dibujar marcos, “firuletes” y letras, particularmente las de estilo gótico.
Buenos Aires Fileteada A través de la historia, el fileteador debió adaptar su arte a los cambios impuestos por la modernización del transporte, las nuevas demandas de sus empleadores y hasta la censura oficial. Gradualmente, la tracción a sangre fue siendo reemplazada por el camión; en la década del ‘20, por otra parte, hace su debut en las calles porteñas el colectivo. El fileteador se encontró así no sólo con otro material de soporte (lo que, como explica el maestro Ricardo Gómez más adelante en Las Entrevistas del Mes, le daba otro “feeling” a su tarea), sino además con otra dinámica de trabajo.
Con las nuevas fábricas de carrocerías (La Veneta, la Lucchese, Carassai, Crotti...) comenzó a destacarse entonces una nueva camada de fileteadores que hoy permanecen en la historia del fileteado porteño: Andrés Vogliotti, Carlos Carboni, León Untroib, Enrique Arce, el recién mencionado Ricardo Gómez y muchos otros.
Al promediar la década del ’70, el fileteador debió enfrentar el cierre de una importante fuente de trabajo, cuando la Secretaría de Transportes de la Nación reglamentó la absurda resolución que prohibía en los colectivos “el pintado de insignias, adornos, arabescos y otros elementos decorativos, tanto en el interior como en el exterior de la carrocería, salvo el distintivo propio de la empresa”. Los funcionarios argumentaban que el filete confundía al usuario, impidiéndole distinguir con claridad las particularidades de cada línea. Aún hoy, cuando los colectivos circulan casi camuflados por la publicidad de cigarrillos, películas de cine o programas de TV, esa vetusta resolución sigue vigente.
Buenos Aires FileteadaEl próximo gran paso en la evolución del fileteado lo darían aquellos que llevaron el filete del galpón a las galerías de arte, como Martiniano Arce (hermano de Enrique), Luis Zorz y más aquí en el tiempo Jorge Muscia, José Espinosa, Adrián Clara y Alfredo Genovese, entre otros. Discípulo de Ricardo Gómez, Genovese es uno de los máximos responsables de la renovada popularidad del fileteado en Buenos Aires, al incorporar sus trabajos a la publicidad, el diseño y la pintura corporal. También han jugado un importante papel en la divulgación de este oficio y arte popular aquellos jóvenes que como Freddy Fernández o Elvio Gervasi llevaron el filete a los carteles, murales y todo cuanto pueda pintarse en las calles de la ciudad.
Muchos de los fileteadores actuales se han iniciado como letristas; otros incursionaron en el filete luego de estudiar otros estilos de bellas artes en academias y escuelas. Hoy todos firman sus obras y tratan de establecer un estilo propio, dentro (y a veces incluso por fuera) de la limitada estructura del filete.
En la era del plotter, el fileteador reivindica los pinceles Carnevale para pintar carteles, vehículos o muebles. Opuesto a lo serial y veloz, el fileteador se dedica, como hace un siglo, a un arte manual que exige pulso y tiempo. Cuando la globalización de la cultura impone la estética y costumbre europeo-norteamericana sobre el resto del mundo, el fileteador regresa a las fábricas de carros para ver cómo es eso de las hojas de acanto y los dragones, la cara sonriente de Gardel, la Virgen de Luján y la cinta con los colores de la bandera argentina enroscándose por ahí.

Troilo, filete de León UntroibICONOS: De Gardel a la Mona Jiménez
Dentro del panteón de íconos populares argentinos, los más celebrados por el fileteador han sido tradicionalmente Carlos Gardel y la Virgen de Luján; hoy en día no es raro ver enmarcados en el centro de un filete los rostros de personajes como Evita y el Che Guevara, o incluso  otros más actuales como Maradona, Charly García y hasta la Mona Jiménez. Todos identificados con lo popular, lo masivo, la clase trabajadora, el barrio...  La intelectualidad, los hombres de ciencia y de las bellas artes son por lo general ignorados: es raro ver a Borges, a Cortázar, a Leloir o a Quinquela Martín homenajeados en un filete. Curiosamente, a pesar del carácter patriótico que suele tener el filete, también son pocos los próceres que han sido retratados, más allá de San Martín o Belgrano.
Quizás por razones de “marketing” -los turistas, sobre todo los del hemisferio norte, compran todo lo que tenga la palabra “tango” estampada en el producto- el motivo más frecuentemente usado hoy en día es la pareja bailando tango, seguida por el bandoneón y algún que otro músico como Piazzolla o Troilo. También son comunes los carteles con inscripciones como “Baño”, “Un aplauso p’al asador”, “Se ruega no joder”, o “Buenos Aires, Argentina”.

Por Siempre Tita, filete de Freddy FernándezMOTIVOS: De todo, como en bazar de turco
Quizás sean las hojas de acanto el elemento más común de todo filete, y sobre las cuales el pintor suele innovar más. De hecho, hoy en día es posible en muchos casos reconocer al autor de un filete por el estilo de sus hojas de acanto.
Según declaró alguna vez el maestro León Untroib, estos motivos han sido copiados de los que remataban las columnas corintias, muy populares en las grandes construcciones de la Grecia antigua, sobre todo en el período Helenístico. Hoy pueden observarse rodeando escudos y rostros animales en los empotrados decorativos de muchos de los edificios antiguos de la ciudad. Las hojas de acanto, pintadas por lo general en tonos de naranja, amarillo o marrón, suelen ser uno de los motivos más gruesos de la composición, y por lo tanto se ubican a los costados, como conteniendo el resto de los elementos. 
Otro motivo infaltable son las flores, hoy de características muy variadas, aunque las tradicionales son las de cuatro o cinco pétalos, las campanitas, amapolas y tulipas.
Los colores de la bandera argentina suelen pintarse en moños y cintas, que se enroscan alrededor de la base de las hojas de acanto, astas, floreros o marcos.
Pájaros, dragones y caballos son los animales que suelen verse entreverados en el filete; en la mayoría de los casos, los dragones surgen encolerizados de las entrañas de las hojas de acanto, como si fueran un brote más de la planta, por lo que sólo suele pintarse la parte superior del cuerpo (cuello y cabeza, y a veces sus alas). Lo mismo sucede con los caballos, aunque estos presentan un aspecto más calmo y amigable. Los pájaros, en cambio, suelen pintarse de cuerpo entero, por lo general reposando sobre una rama o picoteando una flor con las alas extendidas.
Dado que en el filete los espacios libres se reducen a un mínimo, la composición se completa con espirales o filigranas, y se decora con diamantes, bolitas y botones u otros objetos similares. Además suele rodearse por una “banda” o línea gruesa, que se pinta por dentro del borde exterior o marco.
Por supuesto, esta es sólo una descripción generalizada de la composición del filete, ya que la misma varía notablemente de acuerdo al medio sobre el que se pinta y el propósito del trabajo.

FRASES: Sencillo, pero vistoso
Desde sus mismos comienzos, las frases catalogadas como de sabiduría popular formaron parte del filete. Según Untroib, posiblemente tenían origen en los versos para cantar “flor” en el truco. En un principio, aludían principalmente a las recompensas del trabajo duro y la vida honesta (“Miralo de arriba a abajo, lo gané con mi trabajo”), las ironías del destino (“De nada sirve llorar cuando la suerte se inclina”), el amor maternal (“En el jardín de la vida, la mejor flor es mi vieja”) y la protección divina (“Virgencita de Luján, guía mi camino”). Tampoco faltaban los mensajes machistas (“Se doman suegras a domicilio”), los picarescos (“Lo hice con ruedas bajitas pa’ que suban las gorditas”) y los abiertamente humorísticos (“Me cortaron pa’ bacán y se olvidaron de coserme”).
Sobran ejemplos, por otra parte, para demostrar que muchos privilegiaban los encantos de la rima o la mordacidad artera por sobre la ortografía (“Con mi colorado boy y bengo, y a naides enbidia le tengo” o “Si no tenés bosina tocame el pito”).
Es notable que -suponemos que por razones de autopreservación-  nunca se hayan usado leyendas de carácter político, y mucho menos acusado a un mal gobierno por atravesar una situación adversa. Las penas propias siempre se le han atribuido a una mala jugada del destino, al justo castigo de Dios, o como consecuencia lógica de un comportamiento inmoral, cuando no a la siempre perversa intervención de una suegra.

Fileteado de Ricardo GómezPINCEL Y PINTURA: Carnevale los hace a mano
El fileteador trabaja con lo que se conoce como pincel de letrista. Este se compone de un mango de madera y una virola de metal que sujeta las cerdas de pelo de oreja vacuna. La particularidad del pelo de este tipo de pincel, cuyo fabricante más famoso es Rolando Carnevale, es la de medir hasta casi 5 cm. de largo. Esto obliga al pintor a manejar el pincel de una manera diferente al que normalmente se usa para la pintura al óleo o acrílica.
Los pinceles pueden ser de punta redonda o chata, éstos últimos ideales para pintar los bordes rectos de las letras y bandas.
Para trazar las usualmente numerosas finas y largas líneas rectas, como así también para pintar las “llaves” (tradicionales adornos que suelen verse en los colectivos) se usan las bandas. Estas podrían definirse como pinceles sin mango, ya que constan sólo de la virola y las cerdas.
En cuanto a la pintura, la más usada ha sido siempre el esmalte sintético: brillante, barata y fácil de conseguir. Por otra parte, gracias a su resistencia a las influencias del clima (sol, lluvia, excesivo calor o frío...) el esmalte sintético era ideal para filetear carros y camiones y toda superficie exterior. Por esa misma razón se la usa aún hoy para pintar carteles, vehículos y fachadas. Ø

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