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La Entrevista del Mes: Patrick Liotta

Patrick LiottaCon la idea de documentar visualmente escenas cotidianas de la vida en las comunidades indígenas de nuestro país, el fotógrafo argentino Patrick Liotta pasó casi una década recorriendo pueblos lejanos, desiertos y montes. El testimonio de su experiencia está plasmado en el libro Tierra Adentro (Cukierman- Sanchez Editores) que ya está a la venta en Argentina y se presentará en la próxima Feria del Libro.
A pesar de que “las grandes fotos te las perdés a todas”, como él mismo dice, el libro capta en blanco y negro “la simpleza, el valor por lo esencial del ser humano y el orgullo de ser” de los pueblos nativos argentinos.

¿Cuál fue tu periplo documentando la vida y la cultura de las comunidades indígenas argentinas?
Comenzó cuando miraba por televisión las imágenes de las celebraciones del 5to Centenario del Descubrimiento de América, indignado porque después de todo estábamos celebrando la matanza de miles y miles de personas y la desaparición de culturas enteras. Por otra parte, uno conoce las culturas indígenas de toda Latinoamérica, pero no la nuestra, porque nosotros somos siempre europeos. Y hay cerca de un millón de personas en nuestro país que aún hablan sus lenguas originales, pero en el colegio no te lo enseñan. El primer viaje que hice fue a una colonia en Santa Fe, y luego a través de Eleonora Roncoroni, una indigenista, fui a parar al sur, en una zona llamada Río Azul y allí di con el mapuche Mario Cayunao, con cuya familia pasamos la navidad. El me llevó a conocer al “lonco” Juan Sargento Prafil, en Anecón Grande, que es en donde están desde que los expulsaron de Azul, en la Provincia de Buenos Aires.
Después regresé a Buenos Aires y me puse en contacto con José Luis Castiñeira de Dios, quien en ese entonces era subsecretario de Cultura y que terminó escribiendo el prólogo del libro. Ellos me ayudaron muchísimo con los pasajes, que para mí fue bárbaro. Luego viajé a una comunidad wichí del Chaco, visité a los pilagás de Formosa, los mbya guaraníes de Misiones, y aproveché la bajada para conocer a los mocovíes de Melincué. Después en Semana Santa me fui a Jujuy en donde fotografié a los kollas.
La Entrevista del Mes: Patrick LiottaY el resultado de todos esos viajes ha sido el libro Tierra Adentro...
Claro, lo que pasa es que entonces comencé a trabajar en el diario La Nación seis días por semana, aparte de varias revistas de viajes, así que durante esos años casi no pude hacer otra cosa, aunque tuve la oportunidad de agarrar el reclamo indígena en Plaza de Mayo y ahí tomé algunas fotos que están incluidas en el libro. En el ’99, cuando dejé de trabajar para el diario, me puse a pensar qué faltaba y viajé a Tartagal para cubrir el carnaval chiriguano-chané, que me parecía muy importante. De allí el proyecto del libro durmió hasta que pude reflotarlo recién ahora.
Tengo entendido que han acordado con la editorial distribuir los libros a precio de costo entre la comunidad mapuche para que ellos mismos los vendan y se queden con las ganancias.
Sí, lo que sucedió fue que antes de editar el libro yo fui muy claro con el editor; le dije que si hacíamos algo había que incluir a los mapuches, porque quería cumplir con mi palabra. De hecho él tiene hoy una muy buena relación con los mapuches. Concretamente quedamos en regalarles unos cuantos libros como para empezar, otros tantos de prensa para que ellos lo promocionen, y a partir de allí pagan un costo mínimo para que puedan venderlos y sacarles una buena ganancia de por vida.
La Entrevista del Mes: Patrick Liotta¿De qué manera participa Greenpeace en el proyecto?
Ellos, luego de lograr que los wichís recuperen sus tierras en Salta, ahora están en una campaña para generar dinero para ayudarlos a subsistir, y vieron en el libro una oportunidad bárbara. Entonces Greenpeace vende los libros y las ganancias de las ventas van a la comunidad wichí de Pizarro.
¿Por qué decidiste sacar las fotos en blanco y negro?
Porque cuando ví el material de los mocovíes inmediatamente me di cuenta de que el libro iba a ser en blanco y negro. No me cerraba visualmente de otra forma, porque lo quería lo más puro y lo más expresivo posible.
A pesar de tratarse de comunidades tan diferentes, ¿qué similitudes encontraste entre los pueblos indígenas que retrataste?
La simpleza, el valor por lo esencial del ser humano y el orgullo de ser indígenas, que no lo perdieron. También el respeto por la naturaleza y el medio ambiente en general.
¿Cómo se hace para captar una situación tal como se está desarrollando en el momento interviniendo lo menos posible con la cámara?
Bueno, ese es el arte. La palabra es “anticiparse”; hay que anticiparse una fracción de segundo. También es importante tener todo el control técnico como para poder olvidarse de esa parte.
Se dice que un retrato debe captar no sólo la apariencia física del fotografiado, sino además su esencia, su personalidad. ¿Te revelaron algo tus fotos en este sentido, algo que se te había escapado mientras convivías con esa gente?
Sí, de hecho estudiando algunas fotos me encontré con cosas que no podés calcular en su momento. Además hay fotos que en un principio descarté, y después revisándolas me di cuenta de que eran muy importantes, así que fue como redescubrir fotos valiosísimas para mí.
“La memoria demanda una imagen”, decía Bertrand Russell. Ahora, lo que siempre me cuestiono cuando nos referimos a un trabajo testimonial de video, o fotografía como en este caso, es si la obra de arte se antepone al testimonio social, es decir, si no se ve al retratado como un mero objetivo artístico, una pieza de valor estético, antes de verlo como un ser humano en una situación jodida.
La Entrevista del Mes: Patrick LiottaPara mí en la fotografía documental hay que balancear un poco las dos cosas: informar y mostrar el arte. Yo no puedo dejar de buscar el equilibrio en la foto, porque si no tiene valor artístico ni la muestro; lo mismo si es sólo periodística. La única foto que publiqué en el libro sin que me guste demasiado es la de la “machi” tocando el tambor entre un grupo de gente, porque me di cuenta de que ésta era una persona súper valiosa para la comunidad, una señora que murió a los 115 años. Ella y el lonco Juan Sargento Prafil –que murió el año pasado- fueron los últimos de una generación de mapuches que ya desapareció. Así que me parece que hay que tratar de encontrar ese equilibrio porque eso es lo que la vuelve más rica y más inolvidable. El lonco Prafil, a quien retraté para mi libro, es ahora una leyenda, así que ahí está el lado artístico pero también el documental.
Ahora, un poco revirtiendo una pregunta anterior: ¿Qué han visto tus ojos que por una razón u otra no ha podido captar la cámara?
Bueno, las grandes fotos te las perdés a todas. Pero por otro lado, en el libro hay una foto en la que aparece una mujer con tuberculosis acostada en su cama; en ese momento, estando allí a mí se me saltaban las lágrimas, pero no quería mostrar lástima porque de eso están cansados. La vivencia de estar ahí va mucho más allá de lo que se puede mostrar con una cámara, pero igual creo que se cumplió el objetivo. Hay muchas cosas simples, muchos momentos que los vivís pero que en las fotos se te pasan.
Sebastiao Salgado decía que su trabajo consistía en acercar a la gente, generar comunicación entre individuos o pueblos distantes. ¿Cuáles son tus expectativas con respecto a tu libro en este sentido?
Muchísimas; de hecho lo pongo en el epígrafe: el objetivo es acercar no sólo a los argentinos de todas las edades sino también a gente de todo el mundo. En Estados Unidos muchos latinoamericanos me preguntan si hay indígenas en Argentina, así que tengo todas las esperanzas de que esas distancias se acorten. Cuando ven esas fotos de indígenas pintados, vestidos con un taparrabos y montando a caballo, muchos argentinos no pueden ni creer que esa gente sea de nuestro país. A partir de allí, los libros tienen vida propia y superan a quien los hace.
Vos trabajaste para medios informativos como La Nación o la Associated Press ¿Qué es lo primero que busca el ojo a la hora de lograr una foto de valor periodístico como para ilustrar la primera plana de un diario o una revista, y cómo difiere de lo que busca cuando intenta retratar, como en este caso, la vida cotidiana de una comunidad?
En realidad, si tenés la posibilidad de convivir con la gente a la que vas a fotografiar, como en este caso, uno no tiene la presión de cerrar la foto inmediatamente, entonces estás mucho más tranquilo. En el caso de la foto periodística se busca informar, contar, mostrar. Por eso a mí me gustan las fotos angulares, en las que se vea todo, que la foto no sea sólo el sujeto sino además todo el entorno.
¿Existe el mismo standard en los Estados Unidos y en Argentina en lo que se refiere a la fotografía a nivel periodístico?
En los Estados Unidos tienen más años de valorar al periodista. Cuando yo entré al diario La Nación, el jefe de fotografía había sido el ascensorista. Tuvo que venir un gringo, ganador de un Pulitzer, como Don Rypka, para reestructurar todo. Ahora la fotografía es el centro del diario, todo pasa por ahí, y Clarín tuvo que hacer lo mismo para no quedarse atrás. En Argentina comenzó a valorizarse el trabajo del foto-periodista a partir del asesinato de José Luis Cabezas; antes de eso éramos apenas un grupito y nos conocíamos todos.
Que curioso que una profesión se revalorice a partir de un asesinato...
Sí, pero fue así; después de lo de Cabezas aparecieron fotógrafos por todos lados.
Así como a través de la historia ha sucedido con ciertas corrientes de la música, la pintura o la literatura ¿Existe hoy en día una vanguardia fotográfica?
Yo te diría que la fotografía está muy dividida en las diferentes labores: publicitaria, periodística, etc., y es casi imposible de comparar esos trabajos. Pero sí hay tipos vanguardistas; hoy las fotos fuera de foco y de colores saturados se ponen de moda y todos empiezan a hacer lo mismo, pero esto puede cambiar de un día para otro. Es muy volátil. Yo creo que la vanguardia son los grandes maestros como Salgado, McCurry, Koudelka, que están más allá de toda vanguardia ocasional y de toda moda.
Si bien una cámara de por sí nunca sacó una buena foto, de la misma manera que la mejor de las guitarras en manos de un guitarrista mediocre no puede hacer una buena canción, por tratarse de un instrumento tecnológico, desde la invención del daguerrotipo hasta aquí ha habido cambios notables en el instrumental fotográfico. El color, por ejemplo, introducido por los hermanos Lumiere a comienzos del Siglo XX. ¿Cómo cambió el color a la fotografía?
La fotografía color es sin lugar a dudas un paso enorme en la historia de este arte. Quien la llevó a su máxima expresión fue William Eggleston, que en 1976 hizo una muestra muy famosa de fotos de escenas totalmente cotidianas en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Si la fotografía es memoria  y recordamos en color, el uso de la fotografía en color no hace mas que enriquecernos de información y de emociones. El impacto del color para el que pasa distraído pensando en cualquier cosa es mayor a la hora de comprar un diario. Te doy un ejemplo claro: una vez le saqué una foto al flaco Spinetta dos días antes de un show en el gran Rex; cuando fui a verlo, en la esquina del teatro un pibe estaba vendiendo remeras con esa foto. ¡La había afanado del diario! Por otra parte, las ventas de los diarios se incrementaron muchísimo cuando se empezaron a publicar fotos en color. Sin embargo, la expresividad que te da el blanco y negro es única.
Desde su presentación en la década del ’60 parecía que la Polaroid con su foto instantánea iba a ser la gran revolución en la fotografía, como que la cosa iba a evolucionar a partir de ahí; ¿Por qué creés que no trascendió demasiado la idea Polaroid?
La Polaroid fue una idea genial, aunque quizás mal comercializada, porque murió antes de tiempo. Tener tus fotos reveladas en el acto era impensado... la inmediatez que te ofrecía era espectacular, pero hoy en día se usa poco y nada. Muchos fotógrafos de moda la siguen usando antes de comenzar la sesión para corregir la iluminación. Pero como todo, la Polaroid también tuvo su momento de gloria con exposiciones y hasta libros de fotos Polaroid. Recuerdo un librito de un fotógrafo que le había propuesto a Polaroid sacar una foto por día durante un año, a cambio de que le publiquen un libro con sus trabajos; fue una idea buenísima... y la vendió. Otro fotógrafo, Matt Balara, hizo su “Polaroidiary” en el que investigaba a donde se dirigía la atención de su mirada día a día, y así armó su diario personal.
El último gran cambio lo introdujo Kodak en el ’90 cuando presentó la primera cámara digital disponible a nivel comercial. ¿Cuál ha sido el aporte más importante de la fotografía digital?
La inmediatez, la transmisión y el bolsillo, porque además de no reventarte con los precios del revelado, no se daña al ecosistema con todos esos químicos que se usan. Yo a veces miro la cámara y me doy cuenta de que acabo de sacar 150 fotos, cosa que antes no podía hacer por los costos, así que eso te libera muchísimo. Para mí eso tiene ya un valor increíble.
Normalmente uno mira “a través” del visor de la cámara a un objetivo; ¿miraste alguna vez a la cámara como un objetivo en sí mismo?
Yo tengo mi colección de cámaras antiguas y me parecen maravillosas como objeto. Cuando miro a una cámara estoy viendo al tipo que la diseñó, porque siempre está el ser humano detrás. Y en eso hay belleza también.
Se acaba la historia y te queda una última foto para dejar como registro de tu trabajo: ¿a quién quisieras sacársela?
Hmm, dejame pensar... No sé, creo que a mi hijo, Santino. De todas formas las mejores fotos quedan siempre en la retina, porque nunca llegamos a plasmarlas a tiempo. Ø

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