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Que se esconde detrás del milagroso crecimiento económico de la Argentina

NestorEs necesario saber que en la Argentina no existen estadísticas objetivas y ciertas. Sin embargo, las cifras macroeconómicas indican que en el primer trimestre del año 2006, el PBI argentino se incrementó un 8,6% frente al mismo período de 2005, mientras que durante el año 2005 el Producto Bruto Interno (PBI) creció un 9,2 por ciento.

Todo parece ir bien. El país aparentemente crece a un ritmo inusitado. Pero ¿cómo se distribuye en esta época de “vacas gordas”?
Un poco de historia:
Hasta 1975 Argentina era la sociedad más igualitaria de Latinoamérica. Pero a partir del 24 de marzo de 1976, cuando la dictadura militar más sangrienta de la historia del país derrocó el gobierno democrático, esa situación de igualdad social empezó a desvanecerse. Y todo indica que para siempre. Un reciente informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) señala que ‘‘la Argentina es el país de América Latina y el Caribe en donde más se profundizó la desigualdad entre ricos y pobres durante la última década’’.
En los últimos 30 años la pobreza extrema subió del 8% al 20%; y la pobreza total a pesar de los dos últimos años de altísima recuperación económica aún afecta al 47,6% de la población. O más.
Desde 1976 el PBI nacional “per cápita” casi no creció y la riqueza se concentró. En 1974 el 10% más rico de los argentinos percibía el 25% del ingreso total del país, pero actualmente recibe más del 35%. A su vez el 10% más pobre de la población pasó a percibir el 3,1%. Actualmente la relación de desigualdad de ingresos entre los extremos (10% más rico y 10% más pobre) de la sociedad es de 32 a 1, mientras que para otros es de 28 a 1. Una vez más hay que recordar que en un país sin estadísticas confiables las cifras difieren según el encuestador y/o interesado.
La mala noticia es que la brecha de desigualdad se agudizó en el 2005, a pesar del fuerte crecimiento económico. Y nadie puede asegurar que las políticas implementadas actualmente de alguna manera revertirán esa tendencia hacia una mayor desigualdad social.
Albert Einstein diría que todo crecimiento es “relativo”:
“El Producto Bruto Interno puede crecer (es decir la riqueza disponible) y, aún cuando la pobreza se reduzca, ello no necesariamente conduce a una situación de mayor igualdad social. Alguien puede afirmar que una economía que crece es preferible a una economía estancada, y dicho juicio seguramente es aceptado mayoritariamente. Pero es de estricta lógica suponer que para quienes no participan de los beneficios de ese crecimiento la situación les resulta indiferente y, más aún, este “progreso” del que no participan quizás genere una realidad de deterioro de su posición en términos relativos que los lleve a valorar negativamente aquel crecimiento que parecía incuestionablemente bueno. Al menos para los excluidos, un crecimiento económico con aumento de la desigualdad social no es ninguna buena noticia.
Por supuesto que la peor de todas las situaciones es aquella en que la economía no crece, la pobreza aumenta y los indicadores de desigualdad también se incrementan. Pero ¿cómo se mide la desigualdad?
Para el análisis y la evaluación de la desigualdad en la distribución de los ingresos generados en la economía se utilizan diversos indicadores, pero el más conocido de ellos es el llamado Coeficiente de Gini, que debe su nombre al economista italiano Corrado Gini (1884-1965).
La evolución a lo largo del tiempo del coeficiente de Gini permite advertir si la tendencia es hacia una mayor o menor desigualdad de ingresos entre los miembros de la sociedad.
Este indicador asume valores que pueden variar entre 0 y 1; en una economía en que cada uno de sus habitantes recibiera la misma porción del ingreso nacional dicho valor sería cero, mientras a medida que se va aproximando a uno la sociedad es más desigual desde el punto de vista de la distribución.
En general, en países con una distribución equitativa del ingreso como son Suecia o Noruega, el coeficiente de Gini arroja resultados menores a 0,30. A partir de 0,40 se considera que existe desigualdad marcada. Este es el caso de muchos países latinoamericanos cuyos valores llegan hasta 0,60. Por encima de este último valor nos encontramos en presencia de sociedades extremadamente inequitativas y desiguales desde el punto de vista social.
Históricamente, la Argentina era considerada un país con una distribución del ingreso razonablemente buena (al menos en relación a otros países latinoamericanos).
Esa es la explicación de caracterizaciones tales como “país de clase media” o “el país menos latinoamericano de América Latina”. Pero eso ya es historia pasada.
En Argentina, en la década del ochenta, el Coeficiente de Gini se ubicaba en torno a 0,40, pero el incremento de la pobreza que hemos comentado se verificó también acompañado por un empeoramiento de la distribución y después de la crisis del 2001 el coeficiente asume valores de 0,55.
Vale la pena señalar que la existencia de subsidios como los Planes Jefes y Jefas de Hogar, que ayudan a millones de personas, influye para atenuar el crecimiento de la desigualdad y el incremento del valor del Coeficiente de Gini después de la crisis. Si no se consideraran dichos planes el indicador se acercaría a los niveles de las economías con peor distribución del ingreso de América Latina.
Según un informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) Argentina tiene la distribución de la riqueza más desigual de los últimos 30 años.
Los datos, procesados a fines del año 2003, muestran que el 10% más rico de la población posee el 38,6% del ingreso nacional y gana 31 veces más que el 10 por ciento más pobre. En la década del setenta esta última relación era de sólo 12 veces.
La conclusión es evidente: las políticas aplicadas en los ‘90, más allá del “éxito” que tuvieron en materia de estabilización de precios de la economía argentina, generaron niveles elevadísimos de desempleo, precarizaron las relaciones laborales e impactaron negativamente sobre las situaciones de pobreza y sobre la equidad en la distribución del ingreso nacional”.[1]
Sin estadísticas, con más pobres y mayor “sensación de inseguridad”:
Evidentemente detrás del crecimiento económico hay ganadores y perdedores absolutos. No todos se benefician por igual, ya que los ricos son más ricos y los pobres más pobres. Este incremento de la desigualdad social sin duda trajo aparejadas otras consecuencias negativas: en estos días casi todos los argentinos viven con miedo. Con miedo a ser víctimas de un hecho delictivo violento.
Las encuestas demuestran que la “inseguridad” pasó a ser una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos.
Para demostrar que Argentina es un país extraño y que no cuenta con cifras confiables, precisas y serias, vale mencionar que el 16 de junio pasado Aníbal Fernández, ministro del Interior, aseguró que “el delito bajó en todo el país durante los últimos tres años” (más o menos desde que él asumió su cargo).
Según este funcionario (del que depende la Policía Federal) el nivel de delitos en la Argentina "no ha parado de bajar desde el 2002". Sin embargo, el ministro no quiso dar cifras que avalaran esta afirmación, argumentando que estas estadísticas "chocan con el dolor de aquellos que han perdido un familiar" en un hecho violento. Por eso consideró inapropiado dar cifras actualizadas.
Curiosamente el ministro dijo que sus estadísticas "son objetivas”. Es decir son datos reales y ciertos. Al ser consultado sobre un posible “brote de inseguridad” (que percibe casi toda la población, menos él, obviamente) Fernández afirmó que la tasa de hechos delictivos en todo el país "no ha parado de bajar desde el 2002".
Argentina “Un país en serio”
[1] Blanco, Alfredo F. (2005): “La decadencia argentina, más pobreza y más desigualdad” en Observatorio de la Economía Latinoamericana, Nº 37. Accesible al texto completo en http://www.eumed.net/cursecon/ecolat/oel37.htm Ø

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