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La Entrevista del Mes: Dr. Horacio González

Dr. Horacio GonzálezDirector de la Biblioteca Nacional Argentina
“Muchos libros siempre duermen a la espera de que alguien venga a despertarlos”
Todos los buenos libros se parecen en que sus historias son más veraces que las que realmente han podido haber sucedido; una vez que ha terminado de leerlo, el lector siente que todo lo que ha pasado en ese libro le ha pasado a él, que lo ha vivido y que todo le pertenece. Y así, siendo aún adolescente y plenamente identificado con esa consideración de Hemingway (que no transcribo entre comillas porque no es textual, sino más bien lo que permanece tambaleando en mi memoria desde hace muchos años), pensaba yo que ése, el gran salón de lectura de la vieja Biblioteca Nacional, en la calle México al 500, en donde tantos nos sentamos en un banco de una plaza de Bouville para ver y sentir La Náusea junto a Roquentin o nos aliamos a Raskolnikov para asesinar a una detestable usurera, era el verdadero paraíso terrenal.
Unos años más tarde me dio pena que la Biblioteca se trasladase a un nuevo e imponente edificio, moderno (aunque de dudoso gusto arquitectónico), mejor iluminado, y en el corazón de Barrio Norte. Allí sigue hoy, rodeada por edificios de estilo francés y tratando de recuperarse de tanto desprecio y olvido.
La conversación con Horacio González era algo que nos debíamos desde hace mucho tiempo; más precisamente, desde aquel día en que nos cruzamos fugazmente en uno de los pasillos de la Biblioteca, cuando apenas faltaban unos días para que él asuma como Director. Es que si en algún lado queda acumulada toda la historia de la cultura argentina, tiene que ser ahí. Y si hay algo de lo que hay que hablar en tiempos de crisis, es de cultura.
La creación de una de las primeras instituciones de la república, sus directores más renombrados, su caudal bibliográfico y sus tesoros, el traslado propuesto por Borges, la relación del libro con el lector, la tecnología que apunta al cambio de los hábitos de lectura, la resistencia a la estupidización masiva impulsada desde la televisión y los videojuegos, la imagen del argentino como pueblo lector... hablamos de todo esto y mucho más. Y aún así, queda la impresión de que, cuando se trata de la Biblioteca Nacional, quedan pendientes tantos temas como volúmenes existen en sus anaqueles.

Biblioteca Nacional ArgentinaNo es un dato muy conocido que la Biblioteca Nacional –por entonces Biblioteca Pública de Buenos Aires- fue creada por la Junta del gobierno surgida de la Revolución de Mayo, allí por septiembre de 1810, lo que seguramente la convierte en una de las instituciones más antiguas del país...
Sí, está dentro de las creaciones de la Junta, lo mismo que el Ejército y otras instituciones del país. Está dentro de lo que podríamos llamar el cuerpo institucional de la Argentina, y de algún modo anuncia la intención de la Junta con respecto a la educación.
Como que dice mucho de la idea de país que tenían los fundadores ¿no es así?
Sí; el escrito original fue firmado por Mariano Moreno en la Gaceta de Buenos Aires, que era entonces el órgano oficial de la Junta. Hoy se puede decir que por la Biblioteca Nacional han pasado los momentos culturales más importantes del país.
A la gente le interesará saber que a partir de Mariano Moreno, su primer “protector”, muchos de los directores de la Biblioteca han sido conocidos hombres de letras y personajes públicos. ¿Por qué no nos cuenta cuáles fueron a su entender los más renombrados directores?
Bueno, estuvieron Paul Groussac, que fue director por 40 años, Jorge Luis Borges, Marcos Sastre, que fue una figura importante de la generación de 1837, Martínez Zubiría, que fue un director por un lado cuestionado por sus ideas antisemitas y por otro lado fue un bibliotecario importante, que marcó un rumbo cultural a pesar de haber estado vinculado con el sector del clero más reaccionario. Pero la Biblioteca Nacional siempre se caracterizó por captar los aires de la época, y hay que decir también que con distintos tipos de problemas, problemas de presupuesto, de organización, y de modernización, como es el caso de la etapa que estamos atravesando. El gran período de la modernización fue cuando la ocupó Paul Groussac, quien la colocó a la altura de las mejores bibliotecas del mundo, no sólo por su material, sino porque llegó a ser un instrumento calificado del debate argentino.
Es para remarcar que José Mármol, Paul Groussac y Jorge Luis Borges, tres de los más notables directores, han compartido un destino muy particular, en especial para hombres de letras...
Sí, es como dijo Borges en su poesía: Dios me dio estos dones: los libros y la ceguera. La ceguera, en la tradición literaria, es un mal muy prestigioso. En la tradición metafórica de la literatura, la ceguera permite que todos los demás sentidos se conviertan en sentidos mucho más poderosos; en el caso de Borges, la ceguera adquiere un rigor casi matemático; él siempre se opuso a que se le llame “no-vidente”, ya que siempre prefirió la palabra ciego. A la ceguera la consideramos una de las tantas grandes paradojas sobre las cuales pensó Borges.
¿Cuáles son los volúmenes más preciados por su valor histórico?
Bueno, eso es muy difícil de determinar, porque la Biblioteca tiene una Sala de Tesoro realmente muy relevante, con colecciones de manuscritos del Siglo 12 y 13, colecciones del Siglo de Oro español muy importantes, una hemeroteca con periódicos argentinos y latinoamericanos del Siglo 19 que es una de las más importantes del continente. La Sala de Tesoro es realmente un festín para cualquier amante de los libros raros, antiguos, y de la crónica de toda la historia argentina desde el comienzo de la imprenta en América Latina hasta hoy.
Sé que hace poco se ha re-encontrado una novela de Thomas Mann (Carlota en Weimar) que el mismo escritor le envió con dedicación y firma a su editor Gonzalo Losada. ¿Qué otros hallazgos por el estilo se han dado a partir de los nuevos relevamientos del inventario de la Biblioteca?
Es que muchos libros siempre duermen a la espera de que alguien venga a despertarlos; en este caso tiene una dedicatoria del propio Thomas Mann al editor Gonzalo Losada, que fue una de las glorias de la edición argentina. Precisamente los exiliados españoles de los años 30 en gran medida reanimaron la industria editorial argentina, y uno de esos casos fue el de Gonzalo Losada, de la famosa Editorial Losada, que aún existe, aunque ya no es más de la familia Losada sino, creo, de capitales alemanes. Y uno se emociona cuando encuentra una dedicatoria como la de Thomas Mann, que en ese momento estaba exiliado en California y era un poco el líder espiritual de toda la resistencia contra el nazismo. Todos esos detalles son siempre emocionantes; creo que toda persona sensible debe entender la importancia de contar con un libro así, que ha pasado por las manos de su propio autor, y por eso en una biblioteca es siempre un placer encontrar esos libros que están relegados en la consulta del lector, hasta que de repente llega alguien que hace un inventario, o un lector atípico de los que leen a contramano de la bibliografía contemporánea y se produce un gran descubrimiento.
Explíquenos a qué le llaman libros “incunables” y por qué son tan valiosos como para ubicarlos en la Sala de Tesoro.
Es un concepto que se usa para denominar a los libros impresos en tipos móviles, todo lo que se imprime desde la mitad hasta el final del Siglo 16. El concepto de “incunables” se puede modificar un poco para el caso de los libros latinoamericanos, ya que aquí la imprenta llega tarde, así que serían incunables a partir del Siglo 18. Y son importantes porque hablan de las revoluciones de la independencia de nuestros países, que se han hecho alrededor del libro, sobre todo del Contrato Social de Rosseau, que Moreno propició con su traducción y la Biblioteca tiene varios ejemplares de los pocos que quedan en el país. Sino los incunables serían sólo aquellos que se imprimieron en los años 1500, y sería darle sólo importancia a los libros europeos. Nuestra Biblioteca tiene muchos, aunque no, por supuesto, si uno la compara con la Biblioteca Nacional de Francia o la de Alemania, por ejemplo, que fueron las cunas del libro, pero para una biblioteca latinoamericana es muy relevante.
¿Quién es el usuario tipo de la Biblioteca: el intelectual, el estudiante, el jubilado...?
Bueno, ese es un gran tema de debate en todas las bibliotecas nacionales de Latinoamérica, sobre todo, porque se sabe que en las europeas el usuario tipo es el investigador más especializado, ya que los demás tienen toda una red de bibliotecas no especializadas. Acá, como no hay una gran red de bibliotecas, la nuestra atiende a estudiantes, lectores vocacionales y también a investigadores especializados. Estos últimos no son los más numerosos, pero siempre el debate gira alrededor de si se debe dedicar a los investigadores o estar abierta al público común. Aquí una buena porción de los consultantes son los estudiantes de la Facultad de Derecho, que está aquí enfrente. Yo personalmente opino que debe tener una amplia apertura, porque sino la Biblioteca muere. Creo que también precisamos al lector que viene a sentarse en la sala que tenemos aquí arriba con una excepcional vista al Río, porque de lo contrario tendríamos una Biblioteca vacía.
¿Cuántas personas ingresan en promedio cada día?
Ahora tenemos entre 600 y 700 lectores por día, lo que no marca el mejor momento estadístico, ya que la Biblioteca ha tenido más de 1000 lectores por día, pero eso depende de los flujos anuales, como las cosechas. Lo ideal sería mantener un cuerpo vivo de lectores ocasionales, espontáneos, que son los lectores típicos de la Argentina, una sociedad de lectores con programas de lecturas personales, extraños, que no leen sólo la bibliografía que exige el profesor del colegio o de la universidad. Un lector que tiene su propio plan de lectura, su estilo de formación, el que se forma a sí mismo en la lectura y que lee por el placer de leer. Por supuesto, hay que decir que la Biblioteca Nacional antes de la radio y la televisión tenía un papel mucho más relevante que el de ahora, y eso pasa en todas las bibliotecas del mundo.
A 15 años de la inauguración del edificio ¿Cuál es el concepto estético y práctico que utilizaron los arquitectos Testa, Cazzanica y Bullrich para diseñar el edificio actual de la Biblioteca, en Barrio Norte? Convengamos que se trata de un edificio muy particular...
Lo hicieron con un criterio muy avanzado, como parte de una vanguardia arquitectónica argentina muy evidente. El edificio tiene una ambientación impresionista, un poco atípica para la zona, en donde la arquitectura es europea, específicamente francesa. Lo que hizo Testa fue darle una imagen de fuerza irónica, un poco vinculada al paisaje pampeano, y con volúmenes arquitectónicos bastante provocativos. Hoy mismo el edificio provoca debate; a mí personalmente me gusta mucho, más allá de su funcionalidad, que a veces se pone en tela de juicio.
No hace mucho tiempo atrás, el argentino se jactaba de ser uno de los pueblos más cultos de América y el mundo... Después de tanta crisis, de la desintegración social, de la devaluación educativa: ¿Qué prioridad tiene hoy la lectura y el debate intelectual en la sociedad argentina de hoy?
El argentino tiene una imagen de pueblo lector, y esa imagen de algún modo sirve para los educadores, porque uno se ve obligado a exigirse y a cumplir con ella. En todo el mundo ha decrecido la lectura viva, la lectura en las bibliotecas, pero el lector –como gran experiencia antropológica- no va a desaparecer nunca. Pero lo cierto es que las crisis económicas, por un lado provocan una angustia que a algunos los lleva a la lectura, pero en un sentido más amplio no hay dudas de que deteriora el mundo del lector. Lo que usted plantea creo que es un tema interesante para debatir; hoy no conozco estudios que se hayan planteado si a partir de las crisis económicas la lectura ha decrecido o no. Es probable que haya decrecido; lo del lector angustiado es una imagen que proviene del Romanticismo: cuanto más angustiado, más lee, pero en el mundo contemporáneo uno tiene la idea de que el de la lectura es un lugar liberado, protegido, tranquilo... Por eso un gran sacudón como el que afectó a la Argentina sin dudas tiene que haber hecho decrecer la lectura, aunque el aparato escolar, universitario y pedagógico está aún en pie. Se puede decir que en América el pueblo argentino es muy lector, lo mismo que el pueblo cubano; en este sentido son muy equivalentes, ya que valorizan la lectura, la formación personal, y esos son valores que la sociedad argentina viene cuidando, más allá de los gobiernos de turno y las crisis.
La tecnología –el Internet en particular- ha cambiado notablemente la manera que al menos buena parte de la población accede a los servicios de información, de consulta y hasta de cultura. Teniendo acceso directo a la información de una manera rápida, económica y efectiva a través del Internet ¿Por qué el usuario va a ir a visitar una biblioteca? O formulado de otra manera: una vez que todos los textos se encuentren en línea ¿desaparecerá la biblioteca?
Bueno, depende de cada usuario. Creo que el verdadero usuario, aquel que tiene un contacto vivo con los libros, sabe que puede usar todas las herramientas que la tecnología le brinda, pero que a veces es indispensable consultar en una biblioteca. Por supuesto que estamos en medio de una gran mutación tecnológica y eso cambia no la lectura en sí, sino los modos de lectura, la forma de leer, de tener el texto a la vista, porque incluso los ejercicios visuales que hay que hacer para leer en distintos medios son diferentes. Cambia un poco la ética de la lectura, en el sentido de la posición del lector frente a su texto. Pero el libro no corre peligro y las bibliotecas tampoco, aunque la merma de lectores que sufren hoy las bibliotecas proviene del hecho de que las salas de lectura se han hecho virtuales, invisibles. El Internet es una experiencia vital, una experiencia cultural de gran relevancia, y al mismo tiempo no es imposible hacerle críticas. La biblioteca tiene en sus libros, en su catalogación, una mayor garantía y fiabilidad que los textos a los que uno accede a través del Internet. Ahora, los modos de lectura pueden cambiar, aunque ninguna conquista pedagógica afecta el legado clásico que es el hombre con su texto, su drama cultural, su idea de convivencia y de lucha. Y ese legado clásico del lector no lo van a alterar los medios tecnológicos.
Hoy en día, ante la consulta del usuario sobre determinado texto, el bibliotecario puede referirlo a un “link”, a una página de Internet, en lugar de una determinada sección de la biblioteca ¿Cómo se ha adaptado el bibliotecario, el catalogador, a trabajar con la nueva tecnología digital?
El bibliotecario formal ha cambiado mucho, porque hoy, el bibliotecario que no tiene conocimientos de informática ha quedado retrasado, de modo tal que hoy se impone un poco la vertiente del bibliotecario informático, o del informático que sabe de bibliotecología, como las grandes técnicas de catalogación y clasificación a partir de un nuevo lenguaje que ha sacudido la historia de la humanidad. Vivimos en un momento de gran síntesis del lenguaje, porque la revolución informática no vino con su propio lenguaje: cuando dice “virus” toma una palabra de la medicina; cuando dice “importar” o “exportar” lo toma de la economía... En fin, me parece interesante verlo así.
Si bien es cierto que la Biblioteca necesita recuperarse del abandono y el despojo y a partir de ahí florecer, me parece que una buena gestión debe pasar necesariamente también por un trabajo con visión a futuro, previendo los cambios. ¿Cómo se imagina la Biblioteca en 50 años?
No lo podría responder muy bien, porque creo que cualquier mortal se estremecería un poco imaginando 50 años en adelante. Pero creo que las bibliotecas no van a desaparecer y van a ser la sede de grandes procesos de información, procesos de una gran vertiginosidad, que van a exigir también un cuidado cultural muy serio, para que el acto de lectura no se convierta en un acto meramente técnico. Creo que va a haber grandes sistemas bibliotecarios, y que las bibliotecas nacionales no desaparecerán en la medida que sigan existiendo las naciones. Por eso habría que preguntarse: ¿Qué tipo de naciones habrá? ¿Cómo estarán relacionadas? ¿Cómo podrán interactuar las distintas culturas en un mundo cada vez más complejo? ¿Cómo serán las guerras, esas grandes enemigas de las bibliotecas? Uno puede esperanzarse con que de aquí a 50 años haya menos guerras y más procesos culturales interesantes, pero la humanidad es humanidad porque nunca da respiro ¿no? ®


¿Qué importancia real cree que tiene la Feria del Libro para el ciudadano porteño, y no me refiero al escritor, el intelectual o el editor, sino para el vecino, el estudiante, el lector en general...? A veces da la impresión que demasiada gente va a la Feria como quien va de visita al zoológico o a la Exposición Rural...
En un principio, la popularidad de la Feria indica que el libro está vivo; está cada vez más grande, cada vez va más gente y los horarios de conferencias son más reducidos precisamente porque va mucha más gente que antes. Es difícil juzgarla; la Feria es un lugar de conflicto, de diálogo, y esta Feria está teniendo una gran repercusión. Me parece que es un espectáculo que muestra que la cultura del libro aún existe, y por otro lado tiene también un soporte en el mercado, ya que como su nombre lo dice, es una feria, un espacio de comercialización, de lenguaje, y el libro es el centro de eso. Aquí el libro, aunque algunos autores puedan afligirse, es un producto. Yo creo que de algún modo la Feria del Libro argentina es pionera en poner al libro como un producto exquisito, deseado, de la cultura. Y en lo que digo hay mucho de crítica, porque evidentemente hay que cuidar que el libro siga gestándose a partir de un nivel de problematización y de discusión interesante, cosa que a veces no ocurre. Cuando predomina sólo la parte comercial, ahí hay un problema. Pero la articulación del mundo cultural con el del intercambio mercantil, hecho dignamente alrededor de los libros, es muy interesante, porque revela la importancia del libro y el poder de la Feria.

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