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La Entrevista del Mes: León Gieco (Parte II)

León GiecoLo habíamos presentado el mes pasado, admitiendo que es muy poco lo que uno puede escribir sobre León Gieco sin recorrer caminos ya transitados por otros y sin repetir palabras que ya han sido escritas para relatar alguna anécdota de su vida o su postura frente a la música, la realidad social del país o la vida. Da la impresión de que cualquier cosa que se diga está de más, porque la gente ya lo conoce por los cuatro costados. Hablamos de su Cañada Rosquín, de la impresión que le causaron los enormes edificios de Retiro a ese chico recién llegado a Buenos Aires, de sus primeros pasos en el folk rock junto a Gustavo Santaolalla, de sus canciones de paz en épocas de guerra y de sus canciones de resistencia en épocas de conformismo.

Cuando habla de música se entusiasma tanto que parece atragantarse con las palabras; así van resurgiendo diálogos íntimos con su padre, con su amigo Horacio Fumero, con algún taxista sonámbulo o con alguno de los músicos sesionistas cuyos discos él escuchaba en su casa y con los que al final llegó a trabajar en un estudio de grabación de los Estados Unidos. Pero cuando hablamos de la situación actual del país su tono cambia, se le hinchan las venas del cuello, suena indignado. En esta segunda parte de la entrevista lo tenemos con ambos humores; el lector sabrá imaginar la cara del entrevistado y el tono de sus respuestas de acuerdo al tema al que hacemos referencia.

De pacifista a bandido rural
En un momento confesaste que te habías dado cuenta de que musicalmente habías dejado de evolucionar, e incluso hablaste del temor a caer en el “autoplagio”. ¿Con qué tiene que ver ese bajón creativo en el artista?
No sé; en mi caso me parece que tiene que ver con el hecho de que no estudié música. Yo creo que si hubiese tenido el tiempo y la concentración para ir a estudiar no me hubiese pasado eso de verme limitado en mi conocimiento musical. Cuando empecé a repetir los tonos, las melodías, me empecé a cansar de mis propias canciones. Además me di cuenta de que ponía todas mis energías en escribir poesía, lo que hace más complicadas las canciones. Y así fue que entré en un pozo en el que todos los días me preguntaba: “Bueno, ¿ahora qué hago con todas estas poesías, si las melodías no me gustan”?
Obviamente, ese bajón ha sido superado, ya que los últimos tres o cuatro discos están entre los mejores de tu carrera... ¿Qué pasó en tu vida, en tu música, para salir de ese estado y levantarte de tal forma?
Por esa época estuve girando mucho por Europa, desde el ’85 hasta el ’90, cuando armé una banda de música folclórica y nos largamos a tocar por Alemania, Suecia, Francia... En uno de esos viajes me encontré con Horacio Fumero, que ya vivía en Barcelona, y él me dijo: “Si vos tenés muchas letras buenas y ves que en lo musical no podés avanzar, buscate un par, alguien que pueda aportar las melodías para tus letras”. Y a partir de allí todo se dio naturalmente: en el año ’90 yo armé un grupo un poco más rockero, y uno de los integrantes, Luis Gurevich, resultó ser uno de los músicos con quien después compuse un montón de canciones.
El “par” que te había sugerido Fumero...
Claro, Luis me ayudó a mí con un montón de melodías, y él al mismo tiempo comenzó a ser reconocido dentro del rock, e incluso despegó a nivel económico, porque ambos somos compositores de temas como Cinco Siglos Igual, Todos los días un poco, Río y mar, Orosco... todas canciones que hicimos desde el año ’92 en adelante...
Foto: Grosby GroupPor ese entonces se produce un quiebre muy notable en tu carrera.
Se dio un quiebre, que coincide con la muerte de mi papá, la época en que dejé las drogas y el alcohol, y comencé a andar un camino más positivo. Quizás la muerte de mi papá me ayudó a clarificar ciertos pensamientos, como no querer ser como él. Por eso, cuando murió dejé el alcohol y comencé a componer estas canciones con Luis, e hicimos el primer disco en el año ’92, que se llamó Mensajes del Alma.
Un cambio muy marcado en lo que se refiere a tu estilo musical, que incluso anduvo muy bien a nivel comercial, ¿no?
Sí, sobre todo porque tuvo mucho éxito la canción “Los Salieris de Charly”, y a partir de ese momento comencé a componer con Luis e incluso a grabar mejor. Los temas tienen un sonido muy superior a todo el resto del material que había hecho hasta ahí. Todos los discos, a partir de ese, los terminé en Estados Unidos con artistas de primer nivel con los que hubiese querido grabar siempre, como David Lindley o Jimmy Johnson.
Cuando conocí por primera vez a Leonard Clark, me emocioné muchísimo y le dije que quería grabar con él, porque era como un primo hermano al que no conocía. El sonido de su bajo suena en mi casa desde la década del ’70, cuando escuché los primeros discos de James Taylor. Él, muy humilde, me agradeció por dejarlo participar de mi proyecto y me pidió que no lo admire; que lo exija todo lo que quiera, porque ese día estaba trabajando conmigo porque yo lo había contratado, pero al día siguiente iba a estar tocando con Joe Cocker. Y no lo iba a tener ahí al lado...
¿Qué fue lo que más te llamó la atención del estilo de trabajo de todos estos grandes músicos que comenzaron a colaborar en tus discos?
Antes que nada, que tocan en grupo, se escuchan, respetan los silencios... Acá el músico argentino cuando escucha un silencio mete un bocadillo, porque dice “!Uy, esta es la mía!”. Ellos, en cambio, lo respetan muchísimo. Es otra forma de tocar y hace que los discos suenen mejor.

La banda sale a la cancha y la tribuna se viene abajo
¿Están relacionadas la “futbolización” del rock argentino (con los espectadores y sus cánticos, banderas, bengalas y el resto de la parafernalia convertidos en las grandes figuras del show) y una notable merma en la originalidad y la calidad musical por la que atraviesa hoy el rock? Muchos cronistas debaten ¿qué vino primero: un rock tan insulso que el espectador tiene que ser protagonista para sostenerlo o un público con un nivel cultural y unos valores tan en decadencia que sólo puede apreciar este tipo de música?
Yo no lo relaciono con lo musical, sino con la intervención de la gente. En lo musical, yo no voy a decir que lo mío, que es de la generación del ’70, es mejor que lo de los Callejeros o cualquier banda de ahora. Creo que lo de ellos es tan importante como lo mío. Yo estudié con Leda Valladares, que es la recopiladora de música más importante de la Argentina, y lo primero que nos hizo entender es que no hay culturas superiores. Una escultura exhibida hoy en el Vaticano tiene el mismo valor que una escultura chiquitita hecha con barro por un indígena del Chaco: las dos cosas son cultura. No hay parámetros ni referencia para medir qué cosa es más importante que la otra, porque las dos significan algo muy importante para la época que ha sido hecha.
¿Dirías entonces que los factores externos, primordialmente, son los que influyen para modelar el tipo de música que se hace hoy en el país?
Claro, lo relaciono con los movimientos, porque fijate que en la década del ’60 se manifestaba la rebeldía dejándote el pelo largo y con algunas letras como “Alza la voz que te van a escuchar, y si no te escuchan, álzala igual”. Ir en contra del establishment, a pesar de que en el gobierno teníamos un militar de mierda como Onganía que mandaba a sus matones a cortarle el pelo a los pibes. Y ya en los ’70 apareció la música contestataria en contra de la dictadura militar, y por eso todos fuimos perseguidos, muchos terminamos presos o amenazados de muerte, mientras que otros fueron asesinados.
Llama la atención el hecho de que durante la apertura democrática, al comienzo se desató una previsible furia de rock contestatario y políticamente cargado, pero que enseguida mudó hacia la otra vereda, con grupos de música moderna, más liviana, de un pop más inclinado hacia el entretenimiento y la celebración de la pavada que hacia la protesta o la rebeldía. Y se me hace como que esto dejó a varios íconos del rock argentino buscando un lugar en este nuevo mapa como para no quedar como piezas de museo...
Sí, apareció todo un movimiento de música más light, postmilitarista, como Soda Stereo, Virus o Los Abuelos de la Nada, con canciones con letras que no eran menos importantes que Sólo le pido a Dios, sino que cumplían una función diferente, muy de la época. Yo sabía que no me iba a vestir como Cerati con corbatitas de colores ni me iba a peinar con spray; me daba cuenta de que yo pertenecía a otra generación. Sin embargo, una día que estábamos haciendo los demos de “Desde Ushuaia a La Quiaca” en el Hotel Bauen, un par de veces a la noche nos fuimos con Gustavo (Santaolalla) al Bar Einstein a ver a Soda Stereo. Pero después, durante la década de los ’90, el rock sale con los tapones de punta en contra del menemismo. Entonces yo ahí sí me sentí más identificado con los chicos de Attaque 77, Los Piojos, Las Pelotas, la Bersuit, todas bandas que comenzaron a hacer un rock contestatario en contra de la política neoliberal de Menem.
Volvemos entonces a la pregunta original, porque nos fuimos por las ramas: ¿Por qué se futboliza la música?
Es que alrededor del 2000, los grupos nuevos no tenían demasiadas oportunidades de grabar con compañías de discos, entonces fueron creciendo en sus barrios. Se ponían una computadora en la sala de ensayo, se compraban el “Pro Tool” y grababan así su demo, al que distribuían en su barrio. Entonces lo escuchaban los vecinos; y ese grupo competía con otro que juntaba 40 ó 50 pibes en otro barrio, y entonces salían con las canciones tipo “Nosotros somos del barrio San Martín, ustedes son unos putos de Villa Ballester...” Competían entre barrios.
Como en el fútbol...
Claro, y tal es así que se futbolizó la audiencia en los conciertos. Los chicos de un barrio cantaban los temas del grupo local y le tiraban mierda a los del otro barrio.
Y al final hasta se futbolizó la bengala, que llegó a ser tan paradigmática...
Lo que pasa es que la bengala del fútbol es una pistola que tira una especie de cañita voladora, que es la que incendió Cromañón. Por eso te digo que cada época pasa por una etapa de creación diferente y que tiene que ver con cosas externas a la música en sí.
¿Y qué crees que se viene?
Estamos esperando una nueva manifestación del rock que no se sabe cómo va a ser, aunque el otro día ya salió una nota muy interesante en el suplemento “No” de Página/12 sobre el nuevo rock argentino, sobre unos pibes que salieron a decir que Gustavo Santaolalla es un grasa, que Divididos es una mierda, que el cantante de Attaque 77 hasta hace poco era un gordito y ahora la va de flaco carilindo... Así que es cuestión de escuchar qué es lo que hacen, ¿no?
A ver si hay algo, más allá de la postura...
Creo que algo debe haber; espero que tengan elementos para reafirmar lo que dicen y hay que ver cuáles son los valores que maneja el nuevo rock. Me parece que hay que escucharlos para ver qué traen.

Buenos Aires S.A. o cómo ir ensayando un pedido público de disculpas
Me parece un tanto extraño que un buen sector del pueblo de una ciudad que ha tenido jefes de Gobierno como Carlos Grosso, Erman González o Fernando de la Rúa, por nombrar sólo a unos pocos entre tantos otros, se rasgue las vestiduras ahora por tener un Macri. Y te lo menciono porque vos has formado parte de un grupo de varios artistas que llamaron a no votarlo. Hoy con Macri electo ¿Cómo ves el futuro de la ciudad y de la cultura en particular?
Me parece que se viene una decadencia de la cultura; este tipo no tiene ningún proyecto ni gente que trabaje para la cultura, todo lo está improvisando y no va a contar con el apoyo de la intelectualidad. Macri significa el neoliberalismo, el atraso, el corralito, el menemismo... es decir, exceptuando la dictadura militar, lo peor que le ha pasado al país. Él fue un empresario emblemático de la era menemista, por eso cuando él asuma yo nunca voy a trabajar para la Ciudad. Ya en la época menemista nunca hice ningún trabajo para ellos ni nunca le di la mano a Menem, porque me parece uno de los personajes más nefastos que nos ha tocado como gobernante.
¿Coincidimos en que hay muchos zorros del menemismo que hoy se disfrazan de ovejas progresistas?
Sí, sí, por supuesto. Pero no sólo dentro de la política. Nosotros le echamos siempre la culpa a los políticos, pero este pueblo vive en una permanente hipocresía. Por eso: ¿Votaron a Macri? Bueno, ahora cuando este tipo no haga las cosas que dijo que iba a hacer y saquee a Buenos Aires, no quiero escuchar a la gente diciendo “Yo no lo voté”, como pasó con Menem. No sean falsos: por lo menos digan que lo votaron y se equivocaron. Por supuesto que deseo que haga un buen gobierno y después me tenga que tapar la boca, porque yo vivo acá. Te aseguro que si Buenos Aires pasa a ser una ciudad diferente, te juro que voy a decir: “Con Macri me equivoqué. Lo acepto”. Ahora, caso contrario, espero lo mismo de los que lo votaron, que se hagan cargo.
Sin embargo, este sinceramiento a mí personalmente se me hace un tanto corto. Aquellos que después vayan a aceptar que se equivocaron, capaz que durante el período de Macri en el gobierno se compraron dos casas, cambiaron la 4 X 4 y viajaron a Miami, como con Menem, mientras que 5 millones de tipos se quedaron sin trabajo y viviendo en la calle. A ellos el sinceramiento de la burguesía les vale de poco...
Sí, es verdad. Es muy probable que pase eso. Lo que pasa es que acá el neoliberalismo ha dejado un marco de guerra en el país. Hay fotos de camiones de caudales llevándose la plata de los bancos, descargando la guita en Ezeiza para enviar la plata a los Estados Unidos o a Europa. Gracias a esa política se han robado todo, y Macri, no sólo en lo económico, significa esa política. ®

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    Miguel Dalton

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