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LA ENTREVISTA DEL MES: Ricardo Darín

Nota de Tapa“Prefiero perder jugando bien antes que ganar jugando mal”
Parecía que no íbamos a llegar a tiempo; él andaba de gira por España, se acercaba la fecha de cierre y nosotros que insistíamos en que este mes, el mes del festival del Nuevo Cine Argentino, la entrevista tenía que ser con él.
Nacido el 16 de enero del ’57 en la ciudad de Buenos Aires, Ricardo Darín debutó como actor a la edad de 10 años, en una obra de teatro en la que participaban sus padres, también artistas.
Profesionalmente dio sus primeros pasos junto a otros “galancitos”, como solían llamarles por ese entonces, aunque viendo a algunos de ellos con la estética actual es difícil creer en la justicia de tal adjetivo. La televisión enseña, reconocerá Darín, a resolver rápido y a perderle el miedo a las cámaras. Y él aprovechó todas esas horas de trabajo junto a íconos de la telenovela vernácula de aquellas épocas para aprender y hacerse conocer.
Hoy, con más de 20 películas en su haber, es la referencia obligada del cine argentino, sobre todo luego de sus trabajos en Nueve Reinas, El Hijo de la Novia, Luna de Avellaneda, El Aura y las más recientes XXY y La Señal.
“En el intercambio entre un actor y su personaje siempre hay algo nutritivo”, dice Darín durante la entrevista. Una especie de simbiosis de límites bastante difusos, más aún para el espectador, que hoy lo saluda en la calle y lo felicita por haber peleado hasta el final para mantener en pie al club Luna de Avellaneda o le recrimina por no haber visitado por tanto tiempo a su madre, pobrecita, que sufría de Alzheimer y se quería casar otra vez, o le preguntan si está mejor de la epilepsia y que si todavía anda embalsamando animales por ahí cuidado con el bisturí, a ver si te cortás.
Hoy, el imaginario popular lo ha erigido como emblema de la argentinidad al “no palo”; es decir, todo lo contrario al argentino creído, embustero, frívolo, charlatán y facho.
Se ubica en la vereda de enfrente al “bilardismo”, se confiesa melancólico y suena un tanto escéptico con respecto al futuro de nuestra sociedad, aunque confía en que el pueblo argentino se despierte a tiempo, porque “cada una de nuestras actitudes forma parte del diseño que estamos generando para el futuro del mundo”.

Ricardo DarínEl año pasado el cine argentino perdió a Enrique Mignogna y a Fabián Bielinsky, ambos directores para los cuales has trabajado bastante y con mucha repercusión. ¿Cómo los recordás hoy?
Son dos relaciones distintas; a Mignogna lo conocía desde que yo tenía diez años, y siempre tuve una maravillosa relación con él, muy generosa de su parte. Era un hombre genial, poseedor de una gran inteligencia, de mente muy abierta y con un gran sentido del humor. En el caso de Bielinsky, la relación fue mucho más directa, porque nos hicimos amigos de adultos y tuve la dicha de trabajar con él en Nueve Reinas y El Aura. Junto a él aprendí mucho, porque él tuvo la generosidad –que también tuvieron otros como Campanella o Mignogna- de mostrarme la “cocina” de lo que es la realización cinematográfica, algo que me abrió la puerta para poder espiar lo que es la realización de una película. Eso, paradójicamente, tal como se dio la vida, es una cosa que debo agradecerle mucho porque de no haber sido así, yo creo que no me hubiese atrevido a aceptar el reto de dirigir La Señal. Con Mignogna, a pesar de que yo lo quería muchísimo, no éramos amigos íntimos, pero con Bielinsky sí, así que imaginate el dolor que significó su muerte, encima de forma tan inesperada.
Durante el 2006 falleció otro realizador que tuvo mucha influencia en tu vida profesional, como fue Alberto Migré.
Sí, es cierto. Lo que pasa es que mi relación profesional con Migré se dio cuando yo era muy jovencito: de los 17 a los 20 años. De todas formas fue muy importante, porque Migré fue alguien que tuvo mucha confianza en mí, apostó mucho por mí en su momento y me hizo ganar confianza en mí mismo. Además era un profesional increíble, con una exigencia impresionante para consigo mismo y para con los demás, y eso ayuda al desarrollo del actor, sobre todo a la edad que yo tenía.
Es notable que Alberto Migré, desde su perspectiva de realizador de telenovelas, coincidía con buena parte de los directores contemporáneos del cine argentino, cuando señalaba que era fundamental en su trabajo “Contar historias que rescaten nuestra cultura y nuestra identidad”...
Exactamente; él tenía una sensibilidad extraordinaria para conocer al dedillo el pulso popular, lo que pasa en el barrio. Yo creo que eso se da en las personas que –sea cual sea su actividad- no dejan de caminar por la calle y de hablar con sus vecinos y de estar en contacto con el resto de los seres humanos. Eso se notaba muy claramente en el trabajo de Migré. Disfrutaba mucho de la música clásica, pero no por eso se sentía alejado de lo que le ocurría a la gente en la vereda, en el kiosko, en el almacén. Eso le dio una gran capacidad para saber de qué tenía que hablar.
Hoy que sos un tipo consagrado dentro del cine ¿cómo valorás esos trabajos en novelas de TV en tus épocas de “galancito”?
Lo valoro siempre desde el punto de vista de no arrepentirme de nada de lo que hice; a cada paso que fui dando le adjudico una importancia muy grande, más allá de que el trabajo es algo de lo que uno tiene que estar agradecido siempre, sobre todo en esta profesión, en la que no es fácil tener una continuidad laboral. Pero además, en lo que se refiere al aspecto técnico, la televisión te da un ejercicio del oficio muy grande, muy elevado, y eso te hace perderle miedo a lo que se presente. El actor que se foguea en televisión está acostumbrado a tener muy poco tiempo para resolver; eso, trasladado a otros géneros, te hace perderle miedo a la resolución inmediata, en un espacio reducido. Me parece que como taller, como aprendizaje, la televisión puede ser de gran ayuda, y yo tengo mucho para agradecerle porque en la televisión he tenido muchas experiencias inolvidables.


¿Qué sensación te despierta el hecho de que el cine argentino presente un festival en el mismísimo corazón de la industria cinematográfica mundial?
Me parece una muy buena idea y habla muy bien de la gente que tiene a su cargo esta responsabilidad. Todos sabemos que no es fácil, es una tarea titánica, y toda vez que tengamos la oportunidad de darnos a conocer en el mundo por buenos motivos no hay que dejarla pasar. Ya bastante hemos sufrido por cuestiones negativas, así que todo aquello que se haga para balancear un poco eso, debe ser no sólo bienvenido, sino también apoyado. Ojalá se pueda mantener en el tiempo y que las cosas salgan bien.


La noticia del fallecimiento de Mignogna te llegó mientras trabajabas en Uruguay en la filmación de la película “XXY”. ¿Cuándo comenzaste a considerar la posibilidad de encargarte personalmente de continuar con la dirección de “La Señal”?
Empecé a considerarlo a partir del momento en que me lo ofrecieron, a pesar de que me imaginaba que iba a venir un ofrecimiento de esas características, porque yo había estado a su lado desde el principio. Entonces, aunque se trató de un ofrecimiento muy impactante, no fue todo lo sorpresivo que pudieras imaginarte, porque de alguna manera esperaba algo parecido. A partir de ahí recién lo empecé a analizar con mucha prudencia y cautela, pero la verdad es que sentí que era casi una obligación moral sacarle el cuerpo a este proyecto, porque sé que Eduardo pidió que no lo abandonáramos.
“El Pibe” Corbalán y su colega Santana, los dos protagonistas de La Señal, comparten la profesión pero son antagonistas en lo que a política se refiere: Santana es peronista y Carbalán es antiperonista, un poco la antinomia que dividía a la sociedad argentina de la época en la que se ambienta la película...
Sí, y de alguna manera todavía hoy se vive esa antinomia...
¿De qué manera influye esto en el desarrollo de la película?
No mucho, porque la verdad es que del traslado de la novela a la película ese rasgo ha sido suavizado. En determinado momento nos pareció demasiado pretencioso hacer una película de género, un policial negro, anclada en un contexto sociopolítico tan recordado como el del año ’52 con la enfermedad de Evita. Así que ese en particular es un aspecto que nosotros suavizamos. A tal punto, que te diría que Corbalán, que en la novela es profundamente antiperonista, en la película se reconvierte en algo más parecido a un anarquista.
Ricardo DarínLuego de todos estos cambios ¿en dónde dirías que se ve la mano de Mignogna y en dónde la de Darín en lo que se refiere a la dirección de La Señal?
La mano de Mignogna se ve en todos lados, porque este es un proyecto basado en su propia novela, los personajes hablan a través de él y si hay algo para destacar de los diálogos de los protagonistas es que llevan la firma de Mignogna. El trabajo de Martín Hodara y el mío como directores creo que se puede notar más en lo que respecta a elecciones que tienen que ver con la estética, el pulso, la vibración, la dinámica narrativa, algunas decisiones que tienen que ver con el guión y con la decisión global de haber hecho un “film noir”, a diferencia del proyecto inicial, que era una película más costumbrista basada en la relación de dos personajes que, como decías vos, a pesar de ser amigos, socios y cómplices, tenían una gran diferencia política.
Se me ocurre que Corbalán y Román, el remisero de Luna de Avellaneda, comparten, cada uno en su época y desde sus muy diferentes ocupaciones, esa resistencia a acomodarse en la mugre que los rodea, a entregarse al pragmatismo que parece llevar el mundo hacia otro lado, un lado que no es el que ellos quisieran ir ¿no es así?
Bueno, es cierto lo que decís, porque en realidad son dos personajes que están muy ajados, decepcionados con la vida que les toca vivir, pero a pesar de eso no bajan los brazos. Nunca lo había pensado, pero ahora que lo mencionás me parece que es así.
¿Qué tanto de Darín hay en ellos?
La verdad es que me parece que pueden tener algo de mi melancolía, o de mi sensibilidad, o de cierto escepticismo con respecto a algunas cosas, pero en términos generales te diría que no son personajes que se parezcan mucho a mí. Lo que pasa es que a veces es muy difícil establecer esas fronteras porque en el intercambio entre un actor y su personaje siempre hay algo nutritivo, que va y vuelve. Uno toma cosas del otro y viceversa, así que es difícil señalarlo.
¿Podría pensarse el club “Luna de Avellaneda” como una alegoría de la Argentina de los últimos años?
¡Sí, definitivamente! No sólo de Argentina, sino también de muchos otros países de Latinoamérica, que se construyeron a partir de una gran inmigración, y que construyeron sus bases sociales a partir de un núcleo que muchas veces fue un club o una institución artística, por ejemplo. Viajando por Latinoamérica, noté que la repercusión de Luna de Avellaneda estaba directamente relacionada con lo que ha ocurrido en cada uno de esos países a nivel social. En Brasil, por ejemplo, que tiene una construcción social similar a la nuestra, Luna de Avellaneda tuvo un enorme impacto por esto mismo que te digo.
Ricardo Darín¿Y cómo la ves? ¿El club y nuestros países tendrán el mismo final?
No, mirá... los países no son empresas...
Bueno, pero el club tampoco era una empresa hasta que algunos levantaron la mano...
No, es cierto, pero cuando uno generaliza puede cometer el error de creer que el 60% de la población define el único color de lo que es toda una comunidad, y las minorías también son representativas, aún cuando parezcan equivocadas. No sabría como contestarte esa pregunta. Espero que no. Espero que haya un rescate, un momento en el que todos nos miremos hacia adentro y reconozcamos que el bien general está mucho más relacionado con el bien individual de lo que la gente se imagina. Lo mismo sucede con el planeta, con sus cambios climáticos, los recursos naturales: todos abusamos del planeta y vivimos como si fuésemos a vivir 400 años y tuviésemos todo el tiempo de arrepentirnos y empezar de nuevo, y no es así. Todo lo que estamos haciendo hoy va a repercutir sobre las generaciones venideras, porque estamos totalmente relacionados y cada una de nuestras actitudes forma parte del diseño que estamos generando para el futuro del mundo.
Lo que decís me recuerda que alguna vez, refiriéndote al fútbol, te definiste como “Menottista a muerte”, cosa que también es una definición de vida...
Sí, sin dudas. En términos futbolísticos es casi una declaración jurada. Yo pertenezco a una clase en extinción, que es aquella que prefiere perder jugando bien antes que ganar jugando mal. Y en ese sentido voy a trasmano de buena parte del resto del mundo. Entonces, sí, podría ser una definición de vida, aunque claro que no comparto todos y cada uno de los puntos de las ideas de Menotti. Lo que te puedo asegurar es que no soy “bilardista”; Bilardo es un tipo que tiene una mirada totalmente distinta a la mía. Lo que pasa es que los resultados lo han apoyado en su momento, y en un mundo tan resultadista como este, es muy difícil ponerte a discutir.


"Me preocupa que en Latinoamérica no se tome conciencia de que somos una gran reserva de recursos naturales, y que por diversos intereses económicos en muchas partes del mundo tienen los ojos puestos aquí. Dentro de nuestro territorio hay personas que no toman debida conciencia de eso y se asocian a proyectos económicos, olvidándose de lo que representa para nuestro futuro los recursos naturales”


En los últimos 20 años se hicieron en Argentina una gran cantidad de películas centradas alrededor de lo que se vivió durante la última dictadura. ¿Qué opinión tenés en general de nuestro cine testimonial y político?
Era absolutamente imaginable y a la vez imprescindible hacerlo. Por supuesto, después de atravesar una dictadura tan feroz como la que atravesamos, era lógico que los guionistas, la gente del ámbito literario o los realizadores de cine, se sintieran moralmente impulsados a tener que hablar del tema hasta el cansancio. Lo que paralelamente ocurrió es que la temática casi siempre se circunscribió al mismo punto de referencia, y eso acortó un poco el espacio temático; de ahí que se hable del “Nuevo Cine Argentino” como un movimiento de ese período en el que nuestro cine se ve impulsado a hablar de algo tan fuerte como la dictadura. Pero a partir de allí, los nuevos cineastas y guionistas, una vez superada esa primera etapa, empezaron a buscar la posibilidad de prescindir del tema, o en otros casos, como el de Kamchatka, a hablar desde otro enfoque. Se fueron generando nuevos espacios y en algunos casos se volvió a hablar del tema pero desde un ángulo totalmente distinto.
Hoy en día más del 50% de las películas “argentinas” son en realidad coproducciones con España. ¿Es esto la causa de que muchos de los principales actores de cine argentinos estén radicados allá?
A mí me parece que eso comenzó antes de que se produjera esta movida de las coproducciones. En realidad hubo gente que se vio obligada a exiliarse en las décadas del ’70 y del ’80, buscando en España una posibilidad de vivir de su profesión, ya que en su propio país lo tenían prohibido. De esa primera camada podemos mencionar a Héctor Alterio, por ejemplo. Después vino la etapa de las coproducciones que mencionás, en la que se produjo una apertura para el cine argentino en España, y por cuestiones de distribución y esos caprichos que tiene la industria, te encontrabas con que en una misma semana, en la cartelera de los cines españoles había cuatro o cinco films argentinos, lo que comenzó a llamar la atención de muchas personas. De alguna manera se comenzó a solidificar esa colaboración entre los dos países. Hoy en día, yo creo que lo que habría que encontrar son fórmulas adecuadas para que esa coparticipación tenga un sustento que vaya más allá de lo económico.
Ricardo Darín¿Profundizar lazos artísticos que excedan la mera financiación de las películas...?
Claro; lo que hay que hacer -en algunos casos se ha intentado y Campanella, a través de una serie que hizo allá y que se llamó “Vientos de Agua”, puso el dedo sobre la tecla indicada- es aprovechar para hablar de una relación histórica entre ambos países, y me parece que eso podría abrir la puerta a un nuevo sistema de coparticipación. Lo que sí es cierto es que la coparticipación de España con Argentina y algunos otros países latinoamericanos ha posibilitado la realización de proyectos que por cuestiones económicas, de no haber sido así, no se hubiesen hecho jamás.
Hace poco te han otorgado la nacionalidad española, mediante lo que le llaman “Real Decreto”. No tengo bien en claro qué es un Real Decreto, pero la verdad es que el nombre suena rimbombante. ¿De qué se trata?
Con un Real Decreto, a través del Ministerio de Cultura y la Oficina del Rey se te otorga una especie de ciudadanía honoraria. Tanto en mi caso como en el de Campanella, se debe al impacto social que produjo en España El Hijo de la Novia, que fue realmente tan fuerte que estableció las bases para esta vinculación que se produjo con nosotros. Por eso, como una forma de agasajarnos y honrarnos por ese trabajo y algunos otros, el Ministerio de Cultura de España nos ofreció la ciudadanía honoraria, cosa que nosotros aceptamos con los brazos abiertos, dado que no todos los días alguien te quiere agasajar de esa forma.


“La Señal es una película que está basada en una novela que escribió Eduardo Mignogna, que es el padre del proyecto y quien hasta su fallecimiento iba a realizarlo en su totalidad. En general, te diría que se trata de un policial negro, denso, oscuro, ambientado en la década del ‘50, durante los últimos 15 ó 20 días de la vida de Eva Perón, cuya enfermedad transcurre como telón de fondo.
En el tránsito de la versión que teníamos antes de encontrarnos con este trabajo de dirigirla hasta lo que es hoy la película, hubo una serie de modificaciones que tienen que ver sobre todo con el argumento. En lo que se refiere a lo narrativo, a partir de determinado punto tomamos otro camino, porque potenciamos mucho más la parte policial de lo que atraviesan Santana y Corbalán, los dos personajes de la novela que se ven envueltos en un caso que va a transformar definitivamente sus vidas”.



A vos, sin embargo, no te faltan agasajos por estos días... ¿Sos consciente de que te han convertido en el paradigma del argentino ejemplar?
¡Sí! (se ríe). Pero creo que si eso tiene alguna posible explicación, debe ser porque me ha tocado en suerte interpretar en varias películas a diferentes personajes que a pesar de tener distintas características entre sí, respondían a un mismo denominador: el hombre común argentino. Me parece que eso generó que se me identifique como el paradigma del ciudadano común, cosa que me parece que es un honor que no merezco... ©

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Jorge E. Rabaso

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¿Cómo debería responder Estados Unidos a los ensayos nucleares de Corea del Norte?
  • Editorial • Agosto 2017

    Editorial

    Se presenta frente a las cámaras como un Charles Manson villero, asegura que no le tiene miedo a nada, que vive de la cabeza por tanta droga, que tiene más experiencia que todos los canas del barrio y que ya ha matado a un transa mientras que a otro que lo quiso pasar con la guita le metió un balazo en el cuello que le entró por un lado y le salió por el otro. Es el relato de un sicario, de un tipo ya jugado que sabe que cada paso en su vida es cuestión de matar o que te maten, de aquel que solo reacciona por instinto porque su capacidad de razonar ha quedado adormecida por la droga, o los golpes, o la desnutrición, o todo eso junto. Pero al Polaquito, el argentino que de la noche a la mañana se transformó en el delincuente más famoso del país, no le dan los números para ser todo lo que dice ser. No le dan los números de su altura, de su edad, de su lista oficial de víctimas... Triste mezcla de pitufo y Scarface, a los 11 años, o 12, quién sabe, el Polaquito es el nuevo paradigma del pibe chorro del conurbano bonaerense, porque ahora vienen cada vez más jovencitos, cada vez más niños. Uno lo imagina con un arma en la mano y supone que el peso del metal le doblaría los dedos, o disparando y cerrando los ojos al mismo tiempo como reacción al ruido. No sería impensado verlo fumando paco en el patio trasero de su casilla de chapa y cartón mientras juega a los soldados con dos o tres muñequitos roñosos que encontró o robó por ahí.

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Tapa # 211

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  • Sandro Martel

    Sandro Martel

    Nombre:
    Sandro Martel.

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    Canyon Country.

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    Zita González

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