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Una auténtica dicotomía argentina

Una auténtica dicotomía argentinaDesde hace más de cien años los libros de economía plantean el problema de confundir distribución de la riqueza con distribucionismo. En la mayoría de los países desarrollados este tema está tratado y entendido, pero en los países subdesarrollados - como el nuestro - todavía se confunde, tomando el camino más fácil y cortoplacista: el del distribucionismo.

El tema de las retenciones, que últimamente ha generado tanto conflicto produciendo uno de los más fuertes cimbronazos de la era kirchnerista, tiene que ver con este problema, agravado por una propensión del partido gobernante a no mirar más allá de sus narices.
Durante la polémica entre el Gobierno nacional y el campo, que tiene a mal traer a nuestro país, la pareja gobernante ha pedido una y otra vez a los productores rurales que resignaran su “extraordinaria rentabilidad” en solidaridad con los que menos tienen.
La idea sobre la cual se apoyan los que comandan la economía es que en Argentina ya hay bastante riqueza acumulada como para empezar a repartirla.
Idéntico error conceptual en el que se ha caído hace más de 60 años. En los años treinta, el producto por habitante de la Argentina todavía coincidía con el de los países avanzados, pero los conservadores se habían olvidado de la mayoría de los argentinos. A aprovechar este error vino entonces el coronel Perón a partir del 17 de octubre de 1945.
El problema fue que, en nombre de la distribución que habían olvidado los conservadores, los populistas cayeron en el extremo opuesto: la distribución sin desarrollo. A partir de ahí, el ahorro que acumuló nuestro país se distribuyó sin criterio, no utilizando una parte para la inversión. Lo prioritario hubiera sido crecer y repartir simultáneamente, pero la distribución anuló la inversión. Resultado: hubo un día en el que se acabó lo que había para distribuir. He aquí el dilema que, hasta nuestros días, no hemos conseguido resolver.
Pero no sólo se cae en el mismo error, sino que la situación actual difiere bastante de la que se vivía en los años 40; los datos más recientes del Banco Mundial, dicen que el producto anual por habitante de nuestro país es de 5300 dólares. Si se tiene en cuenta que el producto anual promedio de las veinte naciones más desarrolladas es de 37.000 dólares, con picos como el de Noruega de 68.000 y en el otro extremo los 28.000 de España, resulta de estos datos que a la Argentina no le sobran sino que le faltan recursos y que globalmente no es un país rico sino un país pobre.
Cuando uno analiza el devenir de los países desarrollados, aún en el nivel de sus altísimos ingresos, ninguno de estos países ha detenido su crecimiento para distribuirlo de un golpe dejando de acumular. Dedican, eso sí, parte de lo que acumulan a distribuir, pero sin que la prioridad de la distribución frene el proceso de las inversiones, de la acumulación incesante, a la que deben su desarrollo. Si el criterio de distribuir, sólo en la medida en que no se detenga el desarrollo, impera en los países más ricos, nuestra realidad económica demostrada por el modesto nivel de nuestro producto por habitante, evidencia que sólo embusteros profesionales o mentes poseídas por fantasías ideológicas arcaicas, pueden proponer en nuestro caso el reparto inmediato de las rentas.
Esto no quiere decir que en nuestro país se debería evitar la distribución de la riqueza con los que menos tienen, pero se debe brindar ese beneficio social atendiendo paralelamente el aumento del producto “per cápita”, lo cual no sería posible sin un enérgico proceso de inversiones que lo fuera acercando paulatinamente al nivel de los países desarrollados.
No somos, entonces, un país rico, desarrollado, al que sólo le falta distribuir de inmediato lo que ya acumuló; sino un país pobre, subdesarrollado, al que le falta aumentar decisivamente su producto bruto por habitante, apostando al esfuerzo y al trabajo, para apurar el día en el que, al igual que en los países de punta, los pobres sean cada día menos pobres y menos numerosos entre nosotros, y no porque se mueran, como hasta ahora, sino porque suban en la escala social.
¿Cómo se logra esto? Cuando en el país se advierte que un sector está creciendo por delante de los demás, como le había pasado al campo hasta el actual conflicto, la solución no es castigarlo igualando para abajo, sino estimularlo para que, llevado por la conciencia de que la seguridad jurídica respetará sus derechos, este sector en cierta forma privilegiado se entusiasme en dirección de nuevas inversiones y más desarrollo, a los que podría acompañar un esquema tributario sensato, federal, que enviara en favor de los sectores desfavorecidos una distribución equitativa, de modo tal que, en un país extraordinariamente beneficiado, por ejemplo, con la soja, todos, tanto productores como consumidores, supieran que al lado del lema del desarrollo económico también reinaría una atención creciente a la justicia social. Justos y al mismo tiempo desarrollados. Esta ha sido la fórmula de los países avanzados. Una fórmula que todavía no hemos forjado.
Esta ecuación sana y justa entre el desarrollo y la distribución en ninguna parte se ha logrado fácilmente. Si en nuestro país compitieran democráticamente liberales y socialdemócratas, como lo hacen en la mayoría de los países verdaderamente progresistas tanto en el norte y en el sur de América como en Europa, mientras los primeros se esforzarían por el desarrollo, los otros acentuarían la justicia social. Reemplazándose alternativamente unos a otros en el poder en función del cambiante humor de los votantes, la resultante de estos cambios sería el sistema mixto que hoy muestran todos los países modernos. Esto dista bastante de lo que es Argentina hoy en día; en nuestro país no hay progresismo, ni desarrollismo, ni se es distribuidor, lo nuestro no deja de ser un populismo distribucionista.
Con la pobreza haciendo estragos en nuestras tierras, sería natural que en América Latina predominara la socialdemocracia. Así lo demuestran países que están dando signos positivos, como Brasil, Chile y Uruguay. Pero en nuestra región también existen países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y la Argentina, donde no impera una auténtica socialdemocracia sino un estatismo concentrador, aunque disfrazado de distribuidor. Pero, a la inversa de una legítima distribución que acompañe al desarrollo sin destruirlo, lo que rige en los países sudamericanos del segundo grupo nombrado, es una ideología que pretende seducir a las masas con el engañoso resplandor del distribucionismo. Concentran el poder económico y político en unas pocas personas que, tanto desde el poder como en el círculo estrecho de los amigos del poder, esconden lo peor, esconden la corrupción.
El distribucionismo se convierte de este modo en una ideología ampliamente difundida desde el Estado mediante la cual una concentración cada día más acentuada beneficia a unos pocos, desmintiendo en los hechos lo que proclaman las palabras. No debe asustar, entonces, una socialdemocracia; lo que asusta es el abuso de nuestra rica clase dirigente, que habla en nombre de los que no tienen palabras sino necesidades insatisfechas. Al hablar en nombre de los pobres y actuar en el fondo contra ellos, engrosando su número con los que van cayendo uno tras otro de una clase media rural o urbana cada día más ignorada.
El distribucionismo no sólo no es lo mismo que la distribución: se está convirtiendo, al contrario, en su principal enemigo. En el sistema distribucionista, el más perjudicado es el que, según dicen, se intenta proteger con esta política, por un lado porque se lo condena a la pobreza eterna, y por otro lado, con planes como “jefas y jefes”, se los expulsa del sistema, se promueve la vagancia, destruyendo la moral del ser humano, beneficiando a aprovechados con el consentimiento, en muchos casos, de punteros políticos también aprovechados y aprovechadores, que se benefician con un dinero por el que no hacen ningún mérito para obtener.
En cambio, la distribución de la riqueza tiende al círculo virtuoso, a la verdadera justicia social, al aprovechamiento de los recursos tanto humanos como económicos. Los económicos ya están explicados; los humanos es porque apuesta a la dignidad del hombre, por obtención de un trabajo y un salario justo, una tarea de utilidad social y personal, porque cumple una misión dentro de la sociedad y porque aumenta la autoestima de quien realiza una labor que lo dignifica. ©

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