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Qué lindo sería dar buenas noticias

AmalfitaniSi no fuera por los detalles
El destierro, u ostracismo, era para los antiguos griegos el mayor de los castigos que se le podía infringir a un ciudadano. Incluso era considerado peor que la muerte. Diógenes es, sin dudas, el sabio cínico más atrayente. Nació en la ciudad de Sínope, (actual Turquía) aproximadamente en el año 413 A.C. Por  cuestiones económicas (falsificación de moneda) fue desterrado de su ciudad natal, y en el momento de partir hacia Atenas comentó con ironía: “Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse”.

En estos tiempos, el destierro ya no existe como una condena social. En estos tiempos el irse o quedarse en determinado lugar casi siempre es por decisiones personales. Obviando, claro está, las cuestiones de vida o muerte (guerras, persecuciones religiosas, étnicas, etc.) millones de emigrantes deambulan por el mundo buscando un mejor nivel de vida, porque así lo quieren. Y como la Argentina no es la excepción, cientos de miles de compatriotas dejaron el país en busca de oportunidades y realizaciones personales. 
El problema es que muchos de los que partieron residen en países desarrollados y ya se acostumbraron a vivir en sociedades dinámicas, ordenadas y previsibles, donde la meritocracia de alguna u otra forma funciona y de hecho la capacidad individual puede ser uno de los caminos para ascender socialmente o concretar aspiraciones profesionales.
El paso del tiempo y la nostalgia por nuestro país muchas veces distorsionan recuerdos y vivencias de los que partieron. A la distancia se resaltan virtudes y se omiten infinidad de defectos de nuestra sociedad. Por eso, quizás, ciertos acontecimientos son idealizados inconscientemente: el primer amor, la adolescencia, la juventud, el mate, los asados de los domingos, las reuniones familiares, los cafés con amigos, las callecitas de Buenos Aires, la solidaridad.
Qué lindo sería poder dar buenas noticias. Transmitirle al mundo que vamos por el buen camino, mejorando, hacia un futuro brillante. El inconveniente es que para los que seguimos viviendo en el país las cosas no son de color rosa como parecen a la distancia, y mucho menos cuando se observa la realidad con espíritu crítico. A nuestro país, como siempre, le falta el centavo para el peso. Y eso se nota más que nada en los detalles.  
Hace pocos días un colega de una cadena de noticias internacional invitó a este corresponsal a cubrir un partido de fútbol de la Copa Libertadores en el estadio José Amalfitani, del club Vélez Sarsfield. Ambos ingresamos por un lugar especial destinado a la prensa. Resultó toda una novedad comprobar que existía una minúscula parte del estadio limpia, pintada, sin barrabravas, con ascensores que funcionaban. Y como si eso fuera poco, comandados por agraciadas jóvenes ascensoristas.
Pero como el espíritu crítico de Diógenes estuvo presente en todo momento, este cronista no pudo dejar de observar algunos detalles.

Los malditos detalles
Si bien los baños de ese sector estaban increíblemente limpios, carecían de algunos elementos esenciales. Por ejemplo, de toda la cartelería orientativa (desde las paredes hasta la puerta de acceso). Para llegar a ellos había que preguntarle a cualquiera de las personas que deambulaban de un lado al otro. ¿Qué importancia tiene señalizar donde están los baños si total había muchos empleados para preguntarles?
En el entretiempo del partido se sirvió un lunch, bastante generoso, a todos los miembros de la prensa. Para acceder al salón había que mostrar la credencial habilitante para evitar que se metieran colados. Todo muy rico y abundante. Las estrellas de la noche fueron las pizzas y los canapés, que se comían con las manos. El único detalle es que… no había servilletas. Ni una.
La pregunta inevitable fue: ¿Acaso la confitería encargada de agasajar a la prensa cuando organiza fiestas, casamientos y cumpleaños no coloca servilletas en las mesas? ¿Los comensales deben limpiarse con los manteles o sus mangas?
Fuera del salón y en el pasillo principal, detrás de las cabinas de transmisión, había un bebedero para los que tenían sed. El problema no era que los vasos de plástico estaban colocados al azar con la boca hacia abajo. El detalle es que el bidón de agua estaba vacío.

Si esa era la mejor parte del estadio, cómo sería el resto
Pero esos son detalles nimios al lado de otros que sí importan. Como, por ejemplo, que los jubilados, mayores de edad, tengan que ir a los hospitales públicos a altas horas de la madrugada a retirar alguno de los escasos números que otorgan (10 ó 15) para conseguir una fecha para ser atendidos por médicos especialistas. Ancianos de setenta, ochenta o más años deben viajar a las 5 de la madrugada para conseguir alguno de esos imprescindibles números que sólo habilitan para ser revisados días, semanas o meses después. Es un mero detalle que no exista ninguna posibilidad de que puedan conseguir turno telefónicamente o por Internet. Los ancianos tienen que ir en invierno, con lluvia o con calor.
Los detalles hacen que Argentina siga siendo el mismo país de siempre, pero un poco peor. Por lo menos antes no se veía a centenares de personas revolviendo los contenedores de basura o a tantos delincuentes asesinando sin sentido y con absoluta impunidad.
Que una imprenta privada, de dueños desconocidos, esté imprimiendo billetes de cien pesos es un detalle. Que esa misma imprenta ya ha impreso papel moneda falso de otros países o cuasimonedas nacionales duplicadas es, también, otro detalle. Que se deban imprimir millones de billetes de cien pesos cuando hacen falta denominaciones mucho más altas, es otra vez, un detalle.
Una de las más conocidas anécdotas de Diógenes es que se lo veía con una lámpara encendida deambulando por Atenas, a plena luz del día, buscando a un hombre honesto.
Si el famoso filósofo quisiera alcanzar el mismo objetivo en el ámbito político, sindical o dentro de la maraña de funcionarios públicos de la Argentina, tendría que caminar bastante. Pero ese es, como se sabe, otro simple detalle.
La sumatoria de tantos pequeños detalles negativos hace que cada vez sea más difícil difundir las buenas noticias que nuestro querido país se merecería. ©

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    Ángel Ricardo Echeverría

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