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La Leyenda de la flor del Mburucuyá

Existen varias leyendas populares acerca del origen de las pasionarias. Una de ellas cuenta que Mburucuyá (también «Mburukujá») era una muchacha española que se había enamorado de un aborigen guaraní, con quien se veía a escondidas. Mburukujá no era su nombre cristiano, sino el tierno apodo que le había dado su enamorado. El padre de la muchacha, un militar, jamás hubiese aceptado esa relación con un hereje enemigo y, por otro lado, ya había decidido que su hija debía casarse con un joven capitán español. Al enterarse de la relación de su hija, decidió asesinar al muchacho guaraní. Mburucuyá, presa del dolor, se hundió en el corazón una flecha de plumas, la cual quedó sobre su pecho como una flor y cayó sobre el cuerpo de su amado muerto. Tiempo después, en ese trágico sitio nació una planta nunca vista hasta entonces, la cual fue denominada mburucuyá.

El pájaro carpintero y el tucán

Los pájaros carpinteros trabajan muy duro para tener un hogar en donde vivir con su familia, por eso es que van haciendo casitas en los árboles y luego pueden dejar allí a sus hijos tranquilos sin que nada malo les pase ni los depredadores los ataquen. En cambio, el tucán nunca tiene sitio para quedarse, siempre está yendo por nuevos lugares y se duerme en las ramas de los árboles, ya que ninguna casa sabe hacer como para poder estar más cómodo y dejar de viajar un poco.

La que se murió de amor

Este mito tiene raíces en la historia del país. Cuenta la tradición que cuando la joven Felicitas Guerrero se casó en 1862 con Martín de Álzaga, un hombre mayor y acaudalado, era una de las mujeres más bellas de la sociedad porteña. Al año siguiente de la boda y tras perder a su único hijo, Felicitas quedó viuda con apenas 26 años.

Leyenda: El fin de los humahuacas

Hace mucho, mucho tiempo, los indios humahuacas vivían sin privaciones en las tierras de su quebrada. Dicen que éstas eran tan verdes y fértiles como lo es hoy la pampa, y que en sus terrazas crecía el maíz como crece la hiedra a la sombra de los árboles. Como no era tan duro el trabajo, y su fruto abundante, los dueños de esa tierra podían compartir la paz y la alegría que les enviaba la Pachamama en fiestas interminables. Y dicen también que las cosas habrían seguido así para siempre si no hubiera sido por la envidia de los calchaquíes, la codicia de los diaguitas y la belleza de Zumac.

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