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Editorial • Noviembre 2017

Editorial

Unos 9000 kilómetros, o 5500 millas, separan a nuestro país de nacimiento de nuestro país adoptivo. Y a consecuencia de que tal distancia se mide de norte a sur, o viceversa, mientras que por estos lados nos preparamos para los oscuros meses invernales, en Argentina la naturaleza renace con la llegada de la primavera. Todo un símbolo, por estos días.


   El nuevo escenario político entusiasma a gran parte de la población argentina, sus jardines se llenan de flores y ya visualizan un futuro de felicidad y amor. Si bien la situación actual no da como para compararla con la “primavera democrática” de finales del '83, la verdad es que muchos compatriotas sienten que se han sacado un peso de encima, que el país ha despertado de una pesadilla, que ese aire de violencia y rencor que respiraron por tantos años se hace cada vez más liviano, y ya olfatean la pacificación, el reencuentro, la buena fortuna. Por supuesto, muchos otros no compran esta primavera; para ellos, la pesadilla recién empieza.
Ya veremos si todos esos augurios de cambio y progreso se concretan en el futuro o, como ha sucedido tantas otras veces, terminaremos estrellados contra nuestras propias paredes. Si uno lo vive desde afuera, la verdad es que el camino de la reconstrucción se ve largo y azaroso; encima, los arquitectos del cambio, la verdad, no nos brindan todas las garantías que desearíamos tener.
A la primavera argentina se le opone el otoño estadounidense. Y por aquí la situación no es para nada esperanzadora. Al mismo tiempo que la “grieta” argentina se va cerrando un poco más cada día, en Estados Unidos, esa grieta se va haciendo cada vez más ancha y profunda. Al mando de un presidente a todas luces inepto y de escasísima capacidad de liderazgo dentro de su propio partido, en Estados Unidos nos vamos acostumbrando a la mediocridad. Los días de grandeza y esplendor quedan cada vez más lejos en el tiempo, tanto mirando hacia el pasado como hacia el futuro. Sin grandes perspectivas de cambio en el mercado laboral, con 26 millones de ciudadanos a punto de perder su servicio de cuidado de salud y otros tantos con condiciones preexistentes enfrentando importantes aumentos en sus pólizas, con recortes en servicios sociales básicos para niños, ancianos y gente en situación de pobreza, y planes y más planes para subvencionar a los multimillonarios locales y extranjeros a costa de los trabajadores estadounidenses a los  que el presidente durante su campaña electoral prometió no olvidar, el invierno que se viene pinta de lo más frío y desolador.
Sin embargo, está en nosotros promover el cambio de rumbo y no dejarnos apabullar por los constantes ataques a nuestros derechos más básicos y nuestro futuro. La necesaria cuota de optimismo que todo gran proyecto debe tener, necesita ser apoyada con toda una serie de acciones concretas, de participación directa, de activismo, de peticionar a nuestros representan-tes políticos, y todas las demás opciones que prevé la vida en democracia. La esperanza argentina debería ser un ejemplo para los que vivimos momentos desesperanzadores. ¤

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