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12.ª Nota de la Independencia Argentina. Brasil: el monstruo absolutista de América del sud

brasil1817

Mientras San Martín retornaba a Chile para continuar su campaña luego de su corta estadía en Buenos Aires, un gigante se cernía sobre la seguridad de la precaria independencia de las Provincias Unidas del Sur. Un gigante expansionista avanzaba hacia el Río de la Plata.

Las colonias portuguesas en América del Sur tuvieron un desarrollo distinto en su camino a la independencia con respecto a sus pares españolas. En realidad, con la mudanza de la corte portuguesa, Brasil deja de ser una colonia en forma menos traumática, pacífica si se quiere, en contraste con el proceso dramático que tuvieron sus vecinas colonias hispánicas. Brasil pasó a ser oficialmente el centro del reino. Más aún, desde la llegada de la familia real a Río de Janeiro, la unidad política de la América portuguesa era más fuerte que antes porque, de un conjunto de distintas provincias unidas más con Lisboa que entre sí, se había convertido en una unidad política orientada a Río de Janeiro. Sin embargo, esta propensión a la centralización no estuvo precisamente exenta de discusiones. El regionalismo tradicional de cinco grandes regiones históricamente muy independientes no se podía disolver en el transcurso de unos pocos años.
A los gobernadores  de Brasil, ya en el año 1810, les preocupaba que hubiera una propagación de la onda revolucionaria de Hispanoamérica a su propio país. Esta preocupación pareció confirmarse en 1817. En la provincia nororiental de Pernambuco se sentían relegados a causa de la preferencia por Río de Janeiro, lo que también se podía notar, de hecho, en una menor participación en la difusión comercial. Pero al mismo tiempo, precisamente en Pernambuco existía un patriotismo local bastante pronunciado, fomentado por el recuerdo de la triunfal expulsión de los holandeses en 1654; luego, entre 1709 y 1711, habían promovido la Guerra de los Mascates, por lo cual las élites de Olinda y Pernambuco ya tenían un antecedente de enfrentamiento con la autoridad central.
Con la fundación del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve,  el 16 de diciembre de 1815, la revalorización de Brasil en el antiguo sistema de gobierno alcanzó su punto máximo. Ya antes la corte había atraído, además de a los enviados ingleses, también a representantes diplomáticos de Estados Unidos y de Rusia. El prestigioso enlace en 1817 del aspirante al trono, Pedro, con una hija del emperador austríaco Francisco I, Leopoldina, hizo perfecto el triunfo de la diplomacia lusobrasileña.
Con la fundación del Reino Unido se reflejaban el reconocimiento de la importancia creciente de Brasil y el intento de reorganizar el imperio en su conjunto. El nuevo reino debía ser un baluarte tanto contra la influencia republicana de Hispanoamérica como contra las aspiraciones político imperialistas de los Estados Unidos. En cambio, nada debía cambiar en la forma autocrática del gobierno
El rey Joao de Braganza siempre tuvo una política expansiva en América del sud, ya que deseaba imponer el dominio portugués en el Río de la Plata, Paraguay y el Alto Perú, a lo que se oponía el embajador inglés en Río de Janeiro, Lord Strangford, partidario de la independencia de tales territorios para el librecambismo británico.
Por su parte, su esposa, la reina Carlota Joaquina de Borbón, ya había reclamado en 1808 ser soberana de las colonias españolas, pero sus planes se frustraron varias veces. Hasta Manuel Belgrano, en su momento,  tuvo sus razones para apoyar esta iniciativa. La Junta Central de Cádiz tuvo que enfrentar la guerra contra el ejército más poderoso de Europa, a las juntas locales de las colonias que no querían ceder su parte de "depósito de soberanía" a la Junta Central y ésta debía lidiar con las distintas tendencias políticas e ideológicas que se expresaron con la crisis. Absolutistas, reformistas moderados y liberales disputaban por imponer sus posiciones y en ese contexto tan conflictivo arribaron a España los manifiestos de doña Carlota reclamando la regencia de América. A pesar de provenir de un miembro de la familia real cautiva, la propuesta de la infanta cayó por sorpresa a  los distintos contrincantes peninsulares.
Varias razones explican la resistencia a aceptar una propuesta de unidad a través del linaje. La primera era el temor a que con Carlota a la cabeza se “americanizara” el imperio siguiendo la ruta de los Braganza. La segunda residía en la amenaza de que los portugueses aprovecharan la situación para pergeñar (como de hecho lo hizo la Corte de Braganza en todo momento) la unidad de las dos coronas ibéricas pero bajo dominio portugués. Además, la reacción popular juntista había encontrado en la crisis monárquica la oportunidad de autogobierno y no estaban dispuestos a cederla a una Borbón que residía en tierras cariocas. De manera que la relación entre la princesa y su tierra de origen fue en todo momento conflictiva y, gracias a la labor diplomática desplegada por el enviado portugués a Cádiz, Carlota logró que en la Constitución española sancionada por las Cortes reunidas entre 1810 y 1812 reconocieran sus derechos sucesorios a la Corona.
Con el fin definitivo de la amenaza napoleónica  y el Congreso de Viena, cambiaron decisivamente las condiciones del imperio portugués y la situación de doña Carlota. La diplomacia de Portugal no pudo conseguir mucho en el concierto de las potencias europeas. Por ejemplo,  tuvieron que devolver la Guayana otra vez a Francia. Fernando VII vuelve al trono Español con la esperanza de recuperar sus territorios americanos y relegando a la princesa Carlota en el orden sucesorio.
Más importante, sin embargo, para Portugal, fue que tuvieron que someterse a la norma inglesa en la trata de esclavos. La presión en la cuestión de los esclavos aumentó claramente. En 1817, Dom João tuvo que aprobar un tratado que le daba a Inglaterra el derecho de controlar los barcos de esclavos también en tiempos de paz. Pero incluso estas medidas, y el hecho de  que las potencias europeas reconocían la abolición de la trata de esclavos, tampoco tuvieron éxito. Los británicos no lograron restringir de manera efectiva el comercio con mercancía humana hacia Brasil. Al contrario: “Ninguna ciudad portuaria había nunca importado tantos esclavos como la capital brasileña cuando ésta se convirtió en el centro del imperio portugués”.
Su comportamiento respecto a la cuestión de los esclavos mostró la estrategia de la Corona portuguesa. Si bien ante el dominio de Gran Bretaña, no era posible recusar los tratados, en la práctica sí se podían demorar o infiltrar. Las reacciones a la presión inglesa para que la corte real se trasladara otra vez a Lisboa fueron similares. Reconociendo la dependencia del dinero generado por ellos en Brasil y la gran libertad de acción que le daba su presencia en Brasil, Dom João se negó a regresar. Aunque no podía sencillamente reinstalar el régimen absolutista como su cuñado Fernando VII en España, sí podía poner de relieve su pretensión de poder mediante una medida de política simbólica.

El Germen Independentista en Brasil
   Pese a la política del rey, y que la libertad de prensa estaba restringida la mecha de la independencia había prendido también en Brasil. El primer síntoma fue el levantamiento de Pernambuco de 1817 que aúna al descontento, los problemas económicos y sociales de la población frente a la prosperidad de que goza la corte en Río, en un momento en el que la reactivación mundial de la economía hunde los precios brasileños. Los insurrectos persiguen la instauración de una república, pero el movimiento se acaba con la represión y la ejecución de los cabecillas.
En 1817  habían llegado a oídos del gobernador de la región rumores sobre una conspiración inminente, contra la cual quería proceder apresando a prominentes masones. Sin embargo, los círculos de oficiales militares lo impidieron y depusieron al gobernador. El 7 de marzo formaron un gobierno provisional junto con comerciantes, clérigos y plantadores en Recife e incluso anunciaron una constitución provisional. El texto de esta constitución pregonaba la igualdad y la libertad de prensa y convocaba a una asamblea constituyente con la finalidad de formar una república aristocrática.
 El papel de la religión católica fue muy importante. Al mismo tiempo, también había voces radicales que exigían la abolición de la esclavitud. La catastrófica sequía de 1816 y la miseria que ésta provocó sobre todo en las clases bajas afrobrasileñas fue uno de los móviles de la rebelión. No obstante, el desacuerdo interno, la falta de organización y las preocupaciones de los dueños de esclavos por una revolución social obstaculizaron las actividades. Asimismo, el intento de inducir a las provincias vecinas a unirse no llegó a nada, aunque fue recibido con total simpatía en Paraíba y Ceará. Los países extranjeros —sobre todo Gran Bretaña y los Estados Unidos— no dieron muestras de reconocer a los insurrectos. Por consiguiente, no les fue difícil a las tropas realistas expulsar a los rebeldes mal armados. Ya en mayo se logró la recuperación de la capital Recife. Los dirigentes de la rebelión fueron duramente castigados de manera ejemplar.
El levantamiento en Pernambuco había mostrado que, en Brasil, desde la llegada de la corte habían surgido fuerzas políticas que estaban informadas por medio de obras impresas, teatro y sermones y que eran capaces de actuar conjuntamente. Ésta era una nueva forma de oposición con la que la Corona tendría que lidiar aún más fuerte en el tiempo siguiente. Mientras que la guerra hervía en la península Ibérica, el exilio en Brasil había podido hacerse pasar en todas las críticas como hecho heroico, o por lo menos como necesidad irrevocable. En conjunto, la huída de los Bragança en 1808 trajo cambios fundamentales en la estructura del imperio. Brasil se había deshecho de esta manera del estatus colonial y había ascendido a centro del imperio. Sin embargo, Portugal seguía siendo, por el momento, el punto de referencia determinante. Con el ascenso de Brasil a reino independiente en 1815, Dom João satisfizo los deseos de muchos, sobre todo en Río de Janeiro, y realizó lo que la Corona española no fue capaz de lograr a pesar de largas discusiones. De esta manera, se abrió una vía hacia una mayor autonomía que rápidamente desplegó su propia dinámica. La contradicción entre libre comercio y modernización cultural, por un lado, y el aferramiento al régimen absolutista, por el otro, generaron tensiones que se descargaron pocos años después.¤

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